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Defensas contra la infección

Por Allan R. Tunkel, MD, PhD, Brown University;

Tanto las barreras físicas como el sistema inmunitario defienden el cuerpo contra los microorganismos que causan infecciones. Las barreras físicas son la piel, las membranas mucosas, las lágrimas, la cera de los oídos, el moco y el ácido del estómago. Además, el flujo normal de orina elimina los microorganismos que ascienden por el tracto urinario. El sistema inmunitario utiliza los glóbulos blancos (leucocitos) y los anticuerpos para identificar y eliminar los microorganismos que han atravesado las barreras físicas (ver Biología del sistema inmunitario).

Barreras físicas

Por lo general, la piel evita la invasión de microorganismos a menos que esté físicamente dañada, por ejemplo, debido a un traumatismo, una picadura de insecto o una quemadura. Otras barreras físicas efectivas son las membranas mucosas, como los revestimientos de la boca, la nariz y los párpados. Generalmente, estas membranas están cubiertas de secreciones que combaten a los microorganismos. Por ejemplo, las membranas mucosas de los ojos están bañadas en lágrimas, que contienen una enzima llamada lisozima que ataca a las bacterias y que actúa como protección de los ojos contra las infecciones.

Las vías respiratorias filtran partículas externas presentes en el aire inhalado. Las paredes de la nariz y las vías respiratorias están cubiertas de moco. Los microorganismos del aire quedan atrapados en el moco y son expulsados al toser o al sonarse la nariz. El movimiento coordinado de los cilios (diminutas proyecciones en forma de cabello) que revisten las vías respiratorias contribuye a la expulsión del moco. Las células ciliadas arrastran el moco en dirección ascendente por las vías respiratorias fuera de los pulmones.

El tracto gastrointestinal cuenta con una serie de barreras eficaces, como son el ácido del estómago, las enzimas pancreáticas, la bilis y las secreciones intestinales. Las contracciones del intestino (peristaltismo) y el desprendimiento normal de las células que lo revisten ayudan a eliminar los microorganismos nocivos.

La vejiga está protegida por la uretra, el tubo por el que la orina pasa cuando abandona el organismo. En los varones de más de 6 meses de edad, la uretra es lo bastante larga para que las bacterias rara vez sean capaces de alcanzar la vejiga a través de ella, a menos que, involuntariamente, se facilite el paso de las bacterias cuando se introducen sondas o instrumentos quirúrgicos. En las mujeres, la uretra es más corta, lo que a veces permite el paso de las bacterias a la vejiga. En ambos sexos, al orinar, se expulsan las bacterias que hayan podido alcanzar la vejiga.

La sangre

Una manera que tiene el organismo de defenderse contra las infecciones es el aumento en el número de ciertos tipos de glóbulos blancos (neutrófilos y monocitos), que se encargan de fagocitar (ingerir) y destruir los microorganismos que invaden el cuerpo. Dicho incremento puede producirse en unas pocas horas, en gran medida por la liberación de glóbulos blancos desde la médula ósea, donde se fabrican. Primero aumenta el número de neutrófilos, a veces con un aumento de sus formas inmaduras. Si la infección persiste, la cantidad de monocitos aumenta. La sangre lleva los glóbulos blancos (leucocitos) a la zona de la infección. El número de eosinófilos, otro tipo de glóbulos blancos (leucocitos), aumentan de manera característica en las reacciones alérgicas y en algunas infestaciones parasitarias, pero habitualmente no lo hacen en las infecciones bacterianas.

Sin embargo, ciertas infecciones como la fiebre tifoidea, las infecciones víricas y las infecciones bacterianas que superan el sistema inmunitario, pueden producir una disminución en el número de glóbulos blancos (leucocitos).

Inflamación

Cualquier lesión, incluida una invasión de microorganismos, causa inflamación en el área afectada. La inflamación es un proceso complejo siendo el resultado de diversas circunstancias. Los tejidos dañados liberan sustancias que causan inflamación y que estimulan al sistema inmunitario para:

  • Levantar una barrera alrededor de la zona

  • Atacar y destruir a cualquier invasor

  • Eliminar el tejido muerto y dañado

  • Iniciar el proceso de reparación

Sin embargo, a veces la inflamación no es capaz de superar a los microorganismos si existe una gran cantidad de ellos.

Durante la inflamación, aumenta el suministro de sangre. La zona próxima a la superficie corporal infectada se pone roja y caliente. Las paredes de los vasos sanguíneos se vuelven más porosas, permitiendo de este modo que el líquido y los glóbulos blancos (leucocitos) pasen al tejido afectado. El aumento de líquido causa la inflamación tisular. Los glóbulos blancos (leucocitos) atacan a los microorganismos invasores y liberan sustancias que continúan con el proceso de inflamación. Otras sustancias desencadenan la coagulación en los vasos de menor diámetro (capilares) de la zona inflamada, lo que retrasa la propagación de los microorganismos infectantes y sus toxinas. Muchas sustancias que se producen con la inflamación estimulan los nervios, causando dolor. La infección se suele acompañar de escalofríos, fiebre y dolores musculares producidos como reacción a las sustancias liberadas durante la misma.

Respuesta inmunitaria

Cuando se produce una infección, el sistema inmunitario responde produciendo distintas sustancias y agentes diseñados para atacar al microorganismo invasor concreto (ver Inmunidad adquirida). Por ejemplo, el sistema inmunitario puede producir linfocitos T citotóxicos (una variedad de glóbulos blancos o leucocitos) que pueden reconocer y destruir al microorganismo invasor. Además, el sistema inmunitario produce anticuerpos que se dirigen contra el microorganismo invasor concreto. Los anticuerpos atacan e inmovilizan a los gérmenes destruyéndolos directamente o ayudando a los neutrófilos a seleccionar el objetivo y destruirlo.

Fiebre

El aumento de la temperatura (fiebre) es una respuesta que protege al cuerpo ante la infección y la lesión. La temperatura corporal elevada mejora los mecanismos de defensa del organismo, aun cuando pueda causar malestar (ver Fiebre en adultos).

El hipotálamo, una parte del encéfalo, controla la temperatura corporal. La fiebre es consecuencia del reajuste en el termostato del hipotálamo. Para aumentar la temperatura corporal, el organismo desplaza la sangre de la superficie de la piel hacia el interior del cuerpo, lo que reduce la pérdida de calor. Los escalofríos se producen para aumentar la producción de calor mediante la contracción muscular. Los esfuerzos del organismo por conservar y producir calor continúan hasta que la sangre llegue al hipotálamo con una temperatura más alta. Entonces, esta nueva temperatura más alta se mantiene. Luego, al volver el termostato a su nivel normal, el organismo elimina el exceso de calor mediante el sudor y el desvío de la sangre hacia la piel.

En algunos individuos (alcohólicos, ancianos y personas muy jóvenes) existe una menor capacidad para generar fiebre. En estos casos se puede experimentar una caída de la temperatura en respuesta a la infección grave.