Extraviado
Ubicaciones

Busque información sobre temas médicos, síntomas, fármacos, procedimientos, noticias y mucho más, escrita en lenguaje cotidiano.

Crisis de angustia y trastorno de angustia

Por John H. Greist, MD, Professor Emeritus, Psychiatry;Distinguished Senior Scientist, University of Wisconsin School of Medicine and Public Health;Madison Institute of Medicine

La angustia es una ansiedad intensa y aguda, de corta duración, que aparece acompañada de síntomas físicos.

  • Las crisis de angustia pueden causar síntomas como dolor torácico, dificultad respiratoria, sensación de asfixia, mareos y náuseas.

  • La persona afectada por trastorno de angustia sufre numerosas crisis de angustia de forma espontánea y por lo general se siente preocupada por la posibilidad de sufrir crisis en el futuro.

  • Los médicos basan el diagnóstico en la descripción que la persona hace de las crisis y del temor a sufrir otras crisis en el futuro.

  • El tratamiento puede consistir en antidepresivos, ansiolíticos, terapia de exposición y terapia cognitivo-conductual.

Las crisis de angustia pueden presentarse en cualquier tipo de trastorno de ansiedad, generalmente en respuesta a una situación específica relacionada con las principales características del trastorno. Por ejemplo, una persona con fobia a las serpientes puede experimentar una crisis de angustia ante la visión de este animal. Sin embargo, las crisis de angustia situacionales son distintas de las espontáneas, no provocadas, que suceden a menudo en un trastorno de angustia.

Las crisis de angustia son frecuentes, con una prevalencia anual del 10% en adultos. Las mujeres tienen un riesgo de padecer crisis y trastorno de angustia de 2 a 3 veces más alto que los varones. En general, las personas se recuperan de las crisis de angustia sin tratamiento, pero algunas terminan desarrollando trastorno de angustia. La prevalencia anual del trastorno de angustia es del 2 al 3% de la población. El trastorno de angustia comienza habitualmente al final de la adolescencia (ver Trastorno de angustia en niños y adolescentes) o en la edad adulta temprana.

Síntomas

Una crisis de angustia comporta la aparición súbita de cuatro de los síntomas físicos y psíquicos siguientes (por lo menos):

  • Dolor o molestias torácicos

  • Sensación de asfixia

  • Mareo, inestabilidad o desmayos

  • Miedo a morir

  • Miedo a volverse loco o a perder el control

  • Sentimientos de irrealidad o de extrañamiento en relación con el propio entorno

  • Sofocos o escalofríos

  • Náuseas, dolor de estómago o diarrea

  • Entumecimiento o parestesias

  • Palpitaciones o aceleración de la frecuencia cardíaca

  • Sensación de ahogo o de falta de aire

  • Sudoración

  • Temblores o agitación

¿Sabías que...?

  • Aunque las crisis de angustia producen síntomas que afectan al corazón y a otros órganos vitales, no son peligrosas.

Los síntomas alcanzan su máxima expresión en el transcurso de 10 minutos y desaparecen rápidamente, por lo que el médico rara vez los suele presenciar, a excepción del manifiesto temor de la persona a padecer otra crisis. Dado que las crisis de angustia a veces son inesperadas o se producen sin razón aparente, en especial cuando acontecen como parte de un trastorno de angustia, las personas afectadas temen con anticipación la posibilidad de padecer otra crisis (estado conocido como «ansiedad anticipatoria»), razón por la cual evitan las situaciones que asocian con la aparición de anteriores crisis.

Puesto que los síntomas de una crisis de angustia involucran la acción de muchos órganos vitales, las personas temen la posibilidad de padecer un problema médico grave relacionado con el corazón, los pulmones o el cerebro. De ahí que acudan a su médico de cabecera repetidas veces o incluso a un servicio de urgencias. Si el médico no diagnostica de manera adecuada los síntomas como expresión de una crisis de angustia, la preocupación del paciente irá en aumento al pensar que se ha pasado por alto una grave enfermedad física. Aunque las crisis de angustia provocan malestar, a veces extremo, no son peligrosas. La frecuencia de las crisis puede variar ampliamente: algunas personas sufren crisis semanales o incluso diarias que se suceden durante meses, mientras que otras sufren varias crisis diarias, seguidas de semanas o meses sin síntomas.

Diagnóstico

Los trastornos orgánicos graves suelen causar algunos de los mismos síntomas físicos y psíquicos que las crisis de angustia, por tanto, el equipo médico se asegura en primer lugar de que la persona afectada no padezca un trastorno orgánico. El diagnóstico de trastorno de angustia requiere la existencia de un mínimo de dos crisis de angustia inesperadas y sin motivo real, seguidas de la presencia durante un periodo mínimo de 1 mes de temor o preocupación ante la posibilidad de padecer nuevas crisis de angustia. Cuando el equipo médico se asegura de que los síntomas tienen su origen en un trastorno de angustia, intenta evitar hacer pruebas exhaustivas cuando se producen crisis de angustia en el futuro, a menos que los síntomas de la persona afectada o los resultados de la exploración física sugieran la presencia de un nuevo problema.

Tratamiento

Algunas personas se recuperan sin tratamiento. En otras, el curso es fluctuante, con periodos en los que aumenta la frecuencia de las crisis y otros en los que disminuye.

Las personas que padecen trastorno de angustia son más receptivas al tratamiento si comprenden que su trastorno implica la existencia de factores físicos y psicológicos y que el tratamiento debe ir dirigido a ambos aspectos. La terapia farmacológica y la terapia conductual generalmente controlan los síntomas.

Fármacos

Los fármacos empleados en el tratamiento del trastorno de angustia incluyen antidepresivos y ansiolíticos, como las benzodiazepinas. Son eficaces la mayoría de los antidepresivos: tricíclicos, inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) e inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina (IRSNA) (ver Fármacos utilizados para tratar la depresión). Las benzodiazepinas actúan más rápido que los antidepresivos, pero pueden causar fármacodependencia (ver Fármacos ansiolíticos y sedantes) y son más susceptibles a causar somnolencia, deterioro de la coordinación y aumento del tiempo de reacción.

Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son los fármacos de elección, ya que son tan eficaces como los otros fármacos pero generalmente producen menos efectos secundarios. Por ejemplo, es menos frecuente la aparición de somnolencia y no crean fármacodependencia, aunque si se interrumpe su administración de forma brusca pueden aparecer molestos síntomas de abstinencia (de forma mayoritaria en los IRSS y los IRSNA), que pueden prolongarse durante una semana o más.

Es frecuente que el tratamiento se inicie administrando una benzodiazepina y un antidepresivo de manera conjunta. Cuando el fármaco antidepresivo comienza a ejercer su efecto, se disminuye la dosis de benzodiazepina de manera gradual hasta la suspensión completa.

Cuando un fármaco es eficaz, evita o reduce en gran medida el número de crisis de angustia. A veces es necesario mantener el tratamiento durante un tiempo prolongado, ya que es frecuente que este tipo de crisis reaparezcan una vez se suspende la medicación.

Psicoterapia

La terapia de exposición (un tipo de psicoterapia) a menudo ayuda a disminuir el miedo. La terapia de exposición consiste en exponer a la persona afectada poco a poco y en varias ocasiones (en su imaginación o, a veces, en la realidad) a la situación que desencadena una crisis de angustia. La terapia de exposición se repite hasta que la persona logra sentirse cómoda en la situación que antes le provocaba ansiedad. Además, las personas que tienen miedo a sufrir un desmayo en el transcurso de una crisis de angustia pueden practicar un ejercicio consistente en girar sentados en una silla o respirar rápidamente (hiperventilar) hasta que sientan que van a desmayarse. Este ejercicio les demuestra que en realidad no se desmayarán durante una crisis de angustia. La práctica de una respiración lenta y poco profunda (control respiratorio) es útil para muchas personas que tienden a hiperventilar.

También puede ser útil la terapia cognitivo-conductual. Las personas afectadas deben aprender a:

  • No evitar las situaciones que les provocan generalmente crisis de angustia

  • Reconocer cuándo sus temores son infundados

  • Responder con una respiración lenta y controlada o con otras técnicas que favorezcan la relajación

La psicoterapia de apoyo, que incluye educación y asesoramiento, resulta beneficiosa debido a que el psicoterapeuta proporciona información general acerca del trastorno y su tratamiento, además de expectativas realistas de mejoría y apoyo basado en una relación de confianza.

Recursos en este artículo