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Componentes de la sangre

Por Alan E. Lichtin, MD, Associate Professor;Staff Hematologist-Oncologist, Cleveland Clinic Lerner College of Medicine;Cleveland Clinic

Los principales componentes de la sangre son:

  • Plasma

  • Glóbulos rojos (eritrocitos)

  • Glóbulos blancos (leucocitos)

  • Plaquetas

Plasma

El plasma es el componente líquido de la sangre en el cual están suspendidos los glóbulos rojos (eritrocitos), los glóbulos blancos (leucocitos) y las plaquetas. Constituye más de la mitad de su volumen y está compuesto principalmente por agua, que contiene sales en disolución (electrólitos) y proteínas. La proteína que más abunda en el plasma es la albúmina, que ayuda a evitar que el líquido se filtre fuera de los vasos sanguíneos y entre en los tejidos, y además cumple funciones de transporte al unirse a sustancias como las hormonas y algunos fármacos. El plasma contiene otras proteínas, como anticuerpos (inmunoglobulinas, ver Inmunidad adquirida : Anticuerpos), que defienden activamente al organismo frente a un virus, bacterias, hongos y células cancerosas. También se encuentran los factores de la coagulación, que previenen las hemorragias (ver Cómo coagula la sangre).

El plasma también tiene otras funciones. Actúa como reservorio tanto para reponer agua en caso de que sea insuficiente para el cuerpo, como para absorber su exceso en los tejidos. Cuando los tejidos del organismo necesitan líquidos adicionales, el agua del plasma es el primer recurso utilizado para cubrir esta necesidad. El plasma también impide que los vasos sanguíneos se colapsen o se obstruyan, y ayuda a mantener la presión arterial y la circulación por todo el organismo. Esto lo hace al circular constantemente a través de los vasos sanguíneos. La circulación del plasma también cumple una función reguladora de la temperatura mediante el transporte del calor generado en los tejidos más interiores del organismo hacia las zonas que pierden calor con mayor facilidad, tales como las extremidades y la cabeza.

Glóbulos rojos (eritrocitos)

Los glóbulos rojos (eritrocitos) constituyen el 40% del volumen sanguíneo. Contienen hemoglobina, la proteína que confiere a la sangre su color rojo característico y que le permite transportar oxígeno desde los pulmones hacia todos los tejidos del organismo. Las células utilizan el oxígeno para producir la energía que el organismo necesita. El producto de desecho de este proceso es el dióxido de carbono, que los glóbulos rojos (eritrocitos) transportan desde los distintos tejidos hacia los pulmones. Cuando el número de glóbulos rojos es demasiado bajo (anemia), la sangre transporta menos oxígeno, lo que causa cansancio y debilidad. En cambio, cuando es demasiado alto (policitemia), la sangre puede volverse muy espesa, lo cual hace más fácil su coagulación y aumenta el riesgo de padecer un infarto de miocardio o un accidente cerebrovascular.

Glóbulos blancos (leucocitos)

Los glóbulos blancos (leucocitos) se encuentran en la sangre en menor número que los glóbulos rojos, con una proporción aproximada de un glóbulo blanco por cada 600 a 700 glóbulos rojos. Se encargan principalmente de la defensa del organismo contra las infecciones. Existen cinco tipos principales de glóbulos blancos (leucocitos).

Los neutrófilos son el tipo más numeroso, y ayudan al organismo a protegerse contra las infecciones, matando e ingiriendo bacterias, hongos y otros detritos externos.

Los linfocitos, con tres tipos principales: las células T (linfocitos T) y los linfocitos citolíticos naturales (también llamados, por influencia del inglés, células NK [natural killer] o células asesinas naturales), que permiten al organismo defenderse de las infecciones víricas, así como también detectar y destruir algunas células cancerosas, y las células B (linfocitos B), que se transforman en células plasmáticas y producen anticuerpos.

Los monocitos ingieren células muertas o dañadas, y ayudan en la defensa contra gran cantidad de microorganismos infecciosos.

Los eosinófilos eliminan los parásitos, destruyen las células cancerosas y participan en las reacciones alérgicas.

Los basófilos también participan en las reacciones alérgicas.

Algunos glóbulos blancos fluyen a través del torrente sanguíneo, pero muchos otros se adhieren a las paredes de los vasos sanguíneos o incluso las atraviesan para entrar en otros tejidos. Cuando alcanzan el lugar de una infección o detectan otro problema de su competencia, liberan sustancias que atraen más glóbulos blancos (leucocitos). Funcionan como un ejército: están dispersos por todo el organismo, pero listos para agruparse en cualquier momento y combatir cualquier microorganismo invasor. Los glóbulos blancos cumplen esta tarea de maneras diferentes: rodeando y digiriendo microorganismos y también mediante la producción de anticuerpos que se adhieren a los patógenos para que sea más fácil destruirlos (ver Glóbulos blancos o leucocitos).

Cuando el número de glóbulos blancos es demasiado bajo (leucopenia), es mayor la probabilidad de que se produzca una infección. Si bien un número por encima de lo normal (leucocitosis) puede no causar síntomas en forma directa, a veces es un indicio de ciertas enfermedades, como una infección o una leucemia.

Plaquetas

Las plaquetas (trombocitos) son partículas semejantes a células, más pequeñas que los glóbulos rojos y blancos. La cantidad de plaquetas es menor que la de glóbulos rojos, en una proporción de una plaqueta por cada 20 glóbulos rojos. Intervienen en el proceso de la coagulación, ya que se juntan donde se produce un sangrado y se aglutinan formando un tapón que ayuda a sellar el vaso sanguíneo. Al mismo tiempo, liberan sustancias que favorecen la coagulación. Cuando el número de plaquetas es muy bajo (trombocitopenia), es más probable que aparezcan hematomas en la piel y sangrados anormales; cuando es muy alto (trombocitemia), la sangre coagula en exceso, lo que puede desencadenar un accidente cerebrovascular o un infarto de miocardio.

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