Extraviado
Ubicaciones

Busque información sobre temas médicos, síntomas, fármacos, procedimientos, noticias y mucho más, escrita en lenguaje cotidiano.

Ateroesclerosis

(Arterioesclerosis)

Por Jules Y. T. Lam, MD, FRCP(C), Associate Professor of Medicine;Cardiologist, University of Montreal;Montreal Heart Institute

La ateroesclerosis es un trastorno caracterizado por la aparición de placas de material graso (ateromas o placas ateroescleróticas) en las paredes de las arterias de mediano y de gran calibre, lo cual produce una disminución o una obstrucción del flujo sanguíneo.

  • Está causada por una agresión repetida a las paredes de las arterias.

  • Muchos factores contribuyen a generar esta lesión, incluida la hipertensión, el humo del tabaco, la diabetes y las concentraciones elevadas de colesterol en la sangre.

  • Por lo general, el primer síntoma que aparece es el dolor o los calambres cuando el flujo sanguíneo es insuficiente para suplir la necesidad de oxígeno de los tejidos.

  • Para prevenir la ateroesclerosis, se debe abandonar el tabaco, comer alimentos más saludables, hacer ejercicio de forma periódica y supervisar la presión arterial, las concentraciones de colesterol y la diabetes.

  • Cuando la ateroesclerosis evoluciona hasta una complicación potencialmente mortal, como un infarto de miocardio o un accidente cerebrovascular (ictus), es necesario administrar un tratamiento de urgencia.

En la mayoría de los países desarrollados, la ateroesclerosis es la principal causa de enfermedad y de muerte. Así, por ejemplo, las estimaciones del año 2008 en Estados Unidos indicaron que alrededor de 16 millones de personas padecieron una cardiopatía ateroesclerótica, y 5,8 millones, un accidente cerebrovascular. Las enfermedades cardiovasculares, sobre todo la ateroesclerosis coronaria y cerebrovascular, causaron cerca de 812 000 muertes en el año 2008, más que las debidas al cáncer y 7 veces más que las ocasionadas por lesiones. Se calcula que, este año, solo en Estados Unidos, se producirán 1,2 millones de casos de infarto de miocardio. A pesar de los significativos avances médicos, los infartos de miocardio causados por una arteriopatía coronaria (ateroesclerosis que afecta a las arterias que suministran sangre al corazón, ver Introducción a la arteriopatía coronaria (coronariopatía)) y los accidentes cerebrovasculares (por ateroesclerosis que afecta a las arterias que irrigan el cerebro, ver figura Irrigación cerebral) son responsables de más muertes que todas las demás causas combinadas.

La ateroesclerosis puede afectar a las arterias de medio y de gran calibre del cerebro, del corazón, de los riñones, de otros órganos vitales y de las piernas. Es el tipo más importante y más frecuente de arterioesclerosis, un término general que se utiliza para designar varias enfermedades en las que las paredes de las arterias se vuelven más gruesas y menos elásticas.

Causas

El desarrollo de la ateroesclerosis es complejo, pero el primer signo consiste en lesiones leves pero repetitivas en el revestimiento interior (endotelio) de la arteria, producidas mediante mecanismos diversos. Algunos de estos mecanismos son el estrés físico del flujo sanguíneo turbulento (como ocurre en los puntos de ramificación de las arterias, sobre todo, en presencia de hipertensión) y el estrés inflamatorio, que involucra al sistema inmunitario, a ciertas infecciones o a anomalías químicas en el torrente sanguíneo (como las concentraciones elevadas de colesterol o de azúcar en sangre, como ocurre en la diabetes). Las infecciones pueden deberse a bacterias (Chlamydia pneumoniae o Helicobacter pylori) o a virus (citomegalovirus y otros).

La ateroesclerosis comienza cuando la pared arterial lesionada libera señales químicas que provocan que ciertos tipos de glóbulos blancos (monocitos y células T) se fijen a la pared de la arteria y se introduzcan en ella. Allí, se transforman en células espumosas que recogen el colesterol y otros materiales grasos, y provocan el crecimiento de células musculares lisas en la pared arterial. Con el tiempo, estas células espumosas cargadas de grasa se acumulan y forman depósitos en forma de parches (ateromas, también llamadas placas), cubiertos con una capa fibrosa en el revestimiento de la pared arterial. A lo largo del tiempo, el calcio se acumula en estas placas, que pueden estar dispersas en arterias de mediano y gran calibre, pero suelen comenzar en las ramificaciones de las arterias.

Cómo se desarrolla la ateroesclerosis

La pared de una arteria se compone de varias capas. El revestimiento o capa interna (endotelio) es liso y no presenta lesiones. La ateroesclerosis comienza cuando este revestimiento se lesiona o se enferma. A continuación, ciertos glóbulos blancos (leucocitos) llamados monocitos y células T se activan, salen del torrente sanguíneo y atraviesan el revestimiento de la arteria hasta llegar a la pared arterial. Dentro del revestimiento se transforman en células espumosas, que recogen materiales grasos, sobre todo, colesterol.

Con el tiempo, las células del músculo liso se desplazan desde la capa media hasta el revestimiento de la pared arterial y se multiplican. En dicho revestimiento también se acumulan materiales de tejido conjuntivo y elástico, como pueden ser los restos celulares, los cristales de colesterol y el calcio. Esta acumulación de células repletas de grasa, células de músculo liso y otros materiales forman un depósito llamado ateroma o placa ateroesclerótica. A medida que crecen, algunas placas engrosan la pared arterial y sobresalen en el conducto arterial. Estas placas pueden estrechar o bloquear una arteria, lo que da lugar a una disminución o a una obstrucción del flujo sanguíneo. Otras placas no obstruyen tanto la arteria, pero pueden partirla, lo que provoca un coágulo sanguíneo que la bloquea de forma repentina.

Las placas pueden crecer en la abertura (luz) de la arteria y provocar su estrechamiento gradual. Cuando esto sucede, los tejidos irrigados por la arteria no reciben suficiente sangre ni oxígeno. Las placas también pueden crecer hacia dentro de la pared arterial, donde no bloquean el flujo sanguíneo. Ambos tipos de placas pueden abrirse (romperse) y exponer su contenido a la corriente sanguínea, lo cual desencadena la formación de coágulos de sangre. Estos coágulos pueden bloquear de forma repentina todo el flujo de sangre que recorre la arteria, lo que supone la principal causa de infarto de miocardio o de accidente cerebrovascular (ictus). A veces, los coágulos se desprenden, se desplazan por el torrente sanguíneo y bloquean una arteria en otras partes del cuerpo. Del mismo modo, pueden desprenderse trozos de la placa y obstruir otras arterias.

Factores de riesgo

Algunos factores de riesgo de la ateroesclerosis pueden modificarse (ver Introducción a la arteriopatía coronaria (coronariopatía) : Prevención). Estos factores son el tabaquismo, las concentraciones altas de colesterol en sangre, la hipertensión arterial, la diabetes, la obesidad, la inactividad física y el tipo de alimentación. Este último factor incluye consumir muy pocas frutas y verduras al día y no tomar alcohol de forma moderada (es decir, o nada o demasiado).

Algunos de los factores de riesgo que no pueden modificarse son los antecedentes familiares de ateroesclerosis prematura (es decir, tener un pariente cercano que padeció la enfermedad antes de los 55 años en el caso de los hombres y antes de los 65 años en el caso de las mujeres), tener una edad avanzada y ser de sexo masculino. Los hombres presentan un riesgo mayor de padecer esta enfermedad que las mujeres, aunque las mujeres con arteriopatía coronaria (coronariopatía) tienen más probabilidades de morir que los hombres que padecen este trastorno.

Tabaquismo

Uno de los factores de riesgo más importantes que se pueden modificar es el tabaquismo. (las demás formas de tabaco, como el tabaco de mascar y el tabaco en polvo, también aumentan el riesgo). El riesgo de un fumador de padecer arteriopatía coronaria guarda una relación directa con la cantidad de tabaco que fuma a diario. El riesgo de un infarto de miocardio es tres veces mayor en los hombres y seis veces mayor en las mujeres que fumaron 20 o más cigarrillos por día en comparación con los no fumadores. Cuando ya existe un riesgo alto de padecer una cardiopatía, el consumo de tabaco es sumamente peligroso.

El tabaquismo disminuye la concentración de colesterol de las lipoproteínas de alta densidad (HDL, por sus siglas en inglés), el colesterol «bueno», y aumenta la concentración de colesterol de las lipoproteínas de baja densidad (LDL, por sus siglas en inglés), el colesterol «malo». Al fumar, aumentan las concentraciones de monóxido de carbono en la sangre, lo que a su vez incrementa el riesgo de que se produzcan lesiones en el revestimiento de las paredes arteriales. El tabaquismo también produce una constricción de las arterias, que ya se habían estrechado a causa de la ateroesclerosis, por lo que disminuye aun más la cantidad de sangre que llega a los tejidos. Por otro lado, fumar aumenta la tendencia de la sangre a coagularse (las plaquetas se adhieren con más facilidad), de manera que es mayor el riesgo de arteriopatía periférica (ateroesclerosis que afecta a arterias diferentes de las que irrigan el corazón y el cerebro, ver Introducción a la arteriopatía periférica), de arteriopatía coronaria (ver Introducción a la arteriopatía coronaria (coronariopatía)), de accidente cerebrovascular (ver Introducción a los accidentes cerebrovasculares) y de obstrucción de un injerto arterial implantado durante una cirugía de revascularización (bypass, ver Introducción a la arteriopatía coronaria (coronariopatía) : Injertos de revascularización coronaria (bypass coronario) y ver Arterias de las piernas y de los brazos).

Al dejar de fumar, el riesgo se reduce a la mitad, independientemente de cuánto tiempo se haya fumado con anterioridad. Dejar de fumar también disminuye el riesgo de muerte tras una cirugía de revascularización coronaria (bypass) o tras un infarto de miocardio como el riesgo de enfermedad y de muerte en presencia de arteriopatías periféricas. Los beneficios de abandonar el tabaco comienzan de inmediato y aumentan a lo largo del tiempo.

Fumar de forma pasiva (inhalar el humo del cigarrillo de otra persona que está fumando) también eleva el riesgo, por lo que debe evitarse.

¿Sabías que...?

  • El tabaquismo es un factor de riesgo importante de padecer ateroesclerosis.

Concentraciones de colesterol

Tener una concentración alta de colesterol LDL (colesterol unido a las LDL) es otro factor de riesgo importante que puede modificarse. Comer alimentos que contienen muchas grasas saturadas hace que los niveles de colesterol LDL aumenten, cuando existe predisposición. Estos niveles también se incrementan a medida que se envejece y, por lo general, son más altos en los hombres que en las mujeres, aunque en estas últimas se elevan en la menopausia. Algunos trastornos hereditarios provocan concentraciones altas de colesterol o de otras grasas, que pueden ser tan elevadas que, si no se tratan, pueden provocar la muerte prematura por arteriopatía coronaria (coronariopatía).

Disminuir las concentraciones de colesterol LDL mediante la administración de fármacos llamados estatinas (ver Hipolipemiantes) reduce de forma significativa el riesgo de sufrir infartos de miocardio y accidentes cerebrovasculares (ictus), y de morir.

No todos los tipos de colesterol aumentan el riesgo de ateroesclerosis. Una concentración alta de colesterol HDL (colesterol unido a las HDL), el «bueno», reduce el riesgo de ateroesclerosis, mientras que una concentración baja lo aumenta.

La concentración ideal de colesterol total, que incluye tanto el LDL como el HDL y los triglicéridos, es de 140 a 200 mg/dL (de 3,6 a 5,2 mmol/L). El riesgo de sufrir un infarto de miocardio es más del doble cuando el valor del colesterol total se aproxima a los 300 mg/dL (7,8 mmol/L), pero disminuye cuando la concentración de colesterol LDL es inferior a 130 mg/dL (3,4 mmol/L), y la de colesterol HDL, superior a 40 mg/dL (1 mmol/L). Si el riesgo es alto, como ocurre en presencia de diabetes o si se tienen antecedentes de cardiopatía ateroesclerótica, infarto de miocardio, accidente cerebrovascular o cirugía de revascularización (bypass), el colesterol LDL debe ser inferior a 70 mg/dL (1,8 mmol/L, ver Introducción a los trastornos relacionados con el colesterol y con los lípidos). Sin embargo, el porcentaje de colesterol HDL en relación con el colesterol total es un indicador de riesgo más fiable que el nivel de colesterol total o de colesterol LDL. El colesterol HDL debe constituir más del 25% del colesterol total. Las concentraciones altas de triglicéridos suelen estar asociadas a niveles bajos de colesterol HDL. Sin embargo, las pruebas efectuadas indican que cuando únicamente están elevadas las concentraciones de triglicéridos, también aumenta ligeramente el riesgo de ateroesclerosis.

Hipertensión arterial

La hipertensión arterial diastólica o sistólica no controlada es un factor de riesgo de infarto de miocardio y de accidente cerebrovascular (ictus) causados por ateroesclerosis. El riesgo de enfermedad cardiovascular empieza a aumentar cuando los niveles de presión arterial son superiores a 110/75 mm Hg. Reducir la hipertensión arterial disminuye el riesgo de forma clara. Por lo general, se intenta que la presión arterial sea inferior a 140/90 mm Hg y, con frecuencia, menos de 130/80 mm Hg en presencia de diabetes o de enfermedad renal.

Diabetes mellitus

Cuando se padece diabetes de tipo 1 (ver Diabetes mellitus (DM)), existe tendencia a desarrollar un trastorno que afecta a las arterias de pequeño calibre (como las de los ojos, los nervios y los riñones), lo que provoca pérdida de visión, daño neurológico e insuficiencia renal. Algunas personas con diabetes de tipo 1 y la mayoría de las que presentan diabetes de tipo 2 son propensas a sufrir ateroesclerosis en las arterias de gran calibre. Además, también tienden a padecer ateroesclerosis a una edad más temprana y de forma más generalizada que las personas no diabéticas. El riesgo de desarrollar ateroesclerosis es de 2 a 6 veces mayor en presencia de diabetes, sobre todo, en las mujeres. Estas últimas, a diferencia de las que no sufren esta afección, no cuentan con ninguna protección frente a la ateroesclerosis antes de la menopausia. Las personas diabéticas tienen el mismo riesgo de muerte que las que han sufrido un infarto de miocardio con anterioridad, por lo que se intenta ayudarlas mediante una supervisión minuciosa de otros factores de riesgo (como las concentraciones altas de colesterol o la hipertensión).

Obesidad

La obesidad, en particular la abdominal (de predominio troncal), aumenta el riesgo de arteriopatía coronaria (ateroesclerosis de las arterias que suministran sangre al corazón). La obesidad abdominal eleva el riesgo de otros factores de riesgo de ateroesclerosis: hipertensión arterial, diabetes de tipo 2 y concentraciones altas de colesterol. Adelgazar reduce el riesgo de todos estos trastornos.

Inactividad física

La inactividad física aumenta el riesgo de desarrollar arteriopatía coronaria, ya que numerosos datos indican que la práctica habitual de ejercicio, incluso moderado, reduce el riesgo y la mortalidad. El ejercicio también permite modificar otros factores de riesgo de la ateroesclerosis, dado que disminuye la presión arterial y las concentraciones de colesterol, favorece la pérdida de peso y reduce la resistencia a la insulina.

Dieta

Un conjunto considerable de datos confirma que el consumo periódico de vegetales y frutas disminuye el riesgo de padecer una arteriopatía coronaria. No se sabe con certeza si las frutas y las verduras son beneficiosas debido a las sustancias (productos fitoquímicos) que contienen o si se debe a que, al comer muchas frutas y verduras, se consumen menos grasas saturadas y, por lo tanto, se ingieren más fibra y vitaminas. Los fitoquímicos denominados flavonoides (presentes en las uvas púrpuras y en las rojas, en el vino tinto, en el té negro y en las cervezas oscuras) tienen un efecto especialmente protector. Sus altas concentraciones en el vino tinto podrían explicar por qué los franceses tienen una incidencia relativamente baja de arteriopatía coronaria, a pesar de que fuman más e ingieren más grasas que lo habitual en otros países occidentales. Pero no hay estudios que demuestren que comer alimentos con un contenido alto en flavonoides o tomar suplementos en lugar de alimentos evita la ateroesclerosis. El mayor contenido en fibra de algunas verduras ayuda a disminuir el nivel de colesterol total y las concentraciones tanto de insulina como de glucosa en sangre. Sin embargo, una cantidad excesiva de fibra interfiere en la absorción de ciertos minerales y vitaminas. En general, los alimentos con un contenido alto en fitoquímicos y vitaminas también tienen mucha fibra.

La grasa es una parte esencial de la alimentación. La idea de que comer menos grasa es importante para mantener una dieta saludable es cierta solo parcialmente porque el tipo de grasa también es importante. Los principales tipos de grasas son:

  • Grasas saturadas y grasas trans

  • Grasas no saturadas (poliinsaturadas y monoinsaturadas, ver Tipos de grasas)

Las grasas pueden ser blandas (o líquidas) o sólidas a temperatura ambiente. Las grasas blandas, como los aceites y algunas margarinas, tienden a contener más grasas poliinsaturadas y monoinsaturadas. Las grasas sólidas, como la mantequilla y la manteca vegetal, suelen tener concentraciones altas de grasas saturadas y de grasas trans. Estas últimas tienen una tendencia mayor a causar ateroesclerosis. Por lo tanto, siempre que sea posible, se debe limitar la cantidad que se ingiere y, en su lugar, elegir alimentos con grasas monoinsaturadas o poliinsaturadas. Las grasas saturadas y las grasas trans se encuentran en la carne roja, en la comida rápida y en muchos artículos de «comida basura», en los productos lácteos con gran contenido de grasa (como el queso, la mantequilla y la crema) y en margarinas duras. Las grasas monoinsaturadas se encuentran en el aceite de oliva y en el de canola o colza, en margarinas blandas sin grasas trans, en los frutos secos y en las aceitunas. Las grasas poliinsaturadas se encuentran en los frutos secos, en las semillas, en los aceites y en la mayonesa.

Dos tipos de grasas poliinsaturadas, el omega-3 y el omega-6, son esenciales para una alimentación saludable. Las primeras se encuentran en pescados grasos como el salmón, huevos con omega-3, aceite de canola o colza y frutos secos, mientras que las segundas están presentes en algunos frutos secos y en semillas, así como en los aceites de maíz, de girasol y de cártamo.

Comer alimentos saludables ayuda a reducir el riesgo de ateroesclerosis. Sin embargo, no está tan claro que los suplementos dietéticos como vitaminas, fitoquímicos, oligoelementos o la coenzima Q10 contribuyan a que el riesgo sea menor.

Consumo de alcohol

Se ha observado que, cuando se bebe una cantidad moderada de alcohol, el riesgo de arteriopatía coronaria es menor que cuando se consume demasiada cantidad o que cuando no se toma nada. El alcohol aumenta el colesterol HDL (colesterol «bueno»), a la vez que reduce el riesgo de inflamación y de formación de coágulos de sangre, y ayuda a proteger el cuerpo de los subproductos de la actividad celular. Sin embargo, si se excede el consumo moderado (más de 14 copas por semana para los hombres y más de 9 copas por semana para las mujeres), puede ocasionar importantes problemas de salud y aumentar el riesgo de muerte. En este caso, se debe tomar menos alcohol. Si no se toma nada de alcohol, no conviene empezar a hacerlo.

Concentraciones altas de homocisteína en sangre (hiperhomocisteinemia)

Si la concentración de homocisteína (un aminoácido) en sangre es muy alta, por lo general debido a un trastorno hereditario, existe un riesgo mayor de padecer una arteriopatía coronaria, sobre todo, a una edad temprana. Las concentraciones altas dañan el revestimiento de las arterias, lo que aumenta la probabilidad de que se formen placas. Además, contribuyen a la formación de coágulos de sangre. Sin embargo, no se ha observado que la administración de fármacos que disminuyen la concentración de homocisteína reduzca el riesgo de muerte.

Síntomas

Los síntomas dependen del lugar en que la arteria afectada esté situada y de si se trata de un estrechamiento gradual o de un bloqueo repentino.

En el caso de un estrechamiento gradual, no se suelen presentar síntomas de ateroesclerosis hasta que la luz de la arteria se haya reducido en más del 70%. El primer síntoma consiste en dolor o calambres en los momentos en que el flujo de sangre no es suficiente para satisfacer la demanda de oxígeno por parte de los tejidos. Por ejemplo, se puede sentir alguna molestia o dolor torácico al hacer ejercicio, ya que el suministro de oxígeno al corazón no es el adecuado. Este dolor torácico (angina) desaparece en cuestión de minutos al dejar de realizar el esfuerzo. Del mismo modo, se pueden sentir calambres en las piernas al andar (claudicación intermitente, ver Arterias de las piernas y de los brazos) porque no llega suficiente oxígeno a los músculos de las piernas. Si las arterias que irrigan uno o ambos riñones se estrechan, puede producirse insuficiencia renal o hipertensión de alto riesgo.

Si las arterias que irrigan el corazón (arterias coronarias) se bloquean de forma repentina, puede generarse un infarto de miocardio. El bloqueo en las arterias que irrigan el cerebro puede causar un accidente cerebrovascular. La obstrucción de las arterias en las piernas puede causar gangrena de un dedo del pie, del pie o de la pierna.

Diagnóstico

En el caso de que haya síntomas indicativos de obstrucción arterial, existen pruebas que permiten determinar la ubicación y la extensión del bloqueo. Estas pruebas varían según el órgano que esté implicado. Por ejemplo, si se sospecha obstrucción de una arteria del corazón, se suelen realizar una electrocardiografía (ECG), análisis de sangre para detectar determinadas sustancias (marcadores cardíacos) que indican la existencia de daño cardíaco y, a veces, una prueba de esfuerzo o un cateterismo cardíaco (ver Síndromes coronarios agudos (ataque al corazón, infarto de miocardio, angina inestable) : Diagnóstico).

Cuando existen arterias ateroescleróticas en algún órgano, también suele haber ateroesclerosis en las arterias de otros órganos. Por lo tanto, cuando se detecta un bloqueo ateroesclerótico en una arteria (por ejemplo, en la pierna), se suelen realizar más pruebas para buscar obstrucciones en otras arterias, como las del corazón. También se analizan determinados factores de riesgo. Por ejemplo, se miden las concentraciones en ayunas de glucosa, de colesterol y de triglicéridos en sangre. Estas pruebas forman parte de las exploraciones anuales de rutina de las personas adultas.

Puesto que algunas placas que se han formado en las arterias tienen una tendencia mayor a romperse y a provocar un coágulo que otras, a veces se realizan pruebas que ayudan a detectar este tipo de placas peligrosas. Ninguna prueba es definitiva, pero las más comunes son: angiografía con tomografía computarizada (TC), ecografía intravascular (que utiliza una sonda de ultrasonido situada en la punta de un catéter que se inserta en el interior de una arteria) durante un cateterismo cardíaco, y una coronariografía (angiografía coronaria), entre varias otras pruebas de diagnóstico por la imagen, además de análisis de sangre.

Se recomienda que, como medida preventiva, si existen factores de riesgo, se realicen pruebas que permitan detectar una posible obstrucción ateroesclerótica aun cuando no hayan síntomas. Algunas de estas pruebas son una TC de haz de electrones o una resonancia magnética (RMN) del corazón y una ecografía de las arterias del cuello (arterias carótidas). La TC de haz de electrones y la RMN permiten detectar placas endurecidas (calcificadas) en las arterias coronarias. La ecografía de las arterias carótidas puede detectar engrosamiento de la pared arterial, lo que indicaría ateroesclerosis. Sin embargo, muchos médicos piensan que la realización de estas pruebas no cambiaría las recomendaciones que darían a los pacientes si solo se analizaran los factores de riesgo, más fáciles de reconocer.

Prevención y tratamiento

Para prevenir la ateroesclerosis, se debe dejar de fumar (ver Tabaquismo), disminuir la concentración de colesterol LDL (ver Concentración de lípidos deseable en los adultos), reducir la presión arterial (ver Terapia con fármacos), adelgazar (ver Obesidad y síndrome metabólico) y hacer ejercicio (ver Empezar un programa de ejercicio físico). Si se padece diabetes, debe vigilarse rigurosamente la concentración de azúcar (glucosa) en sangre.

Si el riesgo de ateroesclerosis es alto, también puede ser beneficioso tomar ciertos medicamentos. En este sentido, los siguientes medicamentos son útiles: las estatinas (incluso si los niveles de colesterol son normales o apenas ligeramente elevados) y la aspirina (ácido acetilsalicílico) u otros antiagregantes plaquetarios (ver Aspirina (ácido acetilsalicílico)).

También ayudan a reducir el riesgo de ateroesclerosis algunos medicamentos que se administran para tratar la hipertensión y algunos medicamentos indicados para la diabetes.

Si la ateroesclerosis es tan grave que llega a causar complicaciones, debe tratarse. Las complicaciones incluyen:

  • Angina de pecho

  • Ataque cardiaco

  • Arritmias cardíacas

  • Insuficiencia cardíaca

  • Insuficiencia renal

  • Accidente cerebrovascular (ictus)

  • Calambres en las piernas (claudicación intermitente)

  • Gangrena

Recursos en este artículo