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Pericarditis aguda

Por Brian D. Hoit, MD, Professor of Medicine and Physiology and Biophysics;Director of Echocardiography, Harrington-McLaughlin Heart and Vascular Center, Case Western Reserve University;University Hospitals, Case Medical Center

La pericarditis aguda es una inflamación del pericardio que comienza súbitamente, es dolorosa y causa que los fluidos y los componentes sanguíneos (como la fibrina, los glóbulos rojos y los glóbulos blancos) entren en la cavidad pericárdica.

  • Está causada por infecciones y por otros procesos que inflaman el pericardio.

  • Dos síntomas habituales son fiebre y un dolor torácico punzante, que varía con la posición y con el movimiento, y que, en ocasiones, puede sentirse como un infarto de miocardio.

  • El diagnóstico se basa en los síntomas y, en ocasiones, mediante la presencia de un sonido muy característico al auscultar los latidos cardíacos con el fonendoscopio.

  • Se debe proceder a la hospitalización para recibir tratamiento farmacológico que disminuya el dolor y la inflamación.

A veces, la inflamación puede provocar que un exceso de líquido entre en la cavidad pericárdica (derrame pericárdico). En ocasiones, cuando la pericarditis se debe a una lesión, a un cáncer o a una intervención quirúrgica en el corazón, el fluido es sangre.

Causas

Por lo general, la pericarditis aguda es consecuencia de infecciones o de otras afecciones que irritan el pericardio. Estas infecciones suelen estar ocasionadas por un virus como el de la gripe o el VIH, pero también pueden ser causadas por bacterias, parásitos (incluidos protozoos) u hongos.

En algunos hospitales, el sida es la causa más frecuente de pericarditis con derrame pericárdico. En las personas con sida, diversas infecciones, como por ejemplo la tuberculosis y la aspergilosis, pueden originar una pericarditis. Hoy en día, la pericarditis debida a tuberculosis (pericarditis tuberculosa) constituye menos del 5% de los casos de pericarditis aguda en los países occidentales; la mayor parte de los casos se dan en algunas regiones de India y de África.

La pericarditis aguda también se debe a otras afecciones que inflaman el pericardio. Algunas de ellas son el infarto de miocardio, una intervención quirúrgica del corazón, el lupus eritematoso sistémico (lupus), la artritis reumatoide, la insuficiencia renal, las lesiones, el cáncer (como la leucemia, el cáncer de mama o de pulmón, y, en enfermos de sida, el sarcoma de Kaposi), la fiebre reumática y la radioterapia. Después de un infarto de miocardio, en el 10 al 15% de los casos aparece pericarditis aguda durante el primer o el segundo día, mientras que del 1 al 3% la desarrollan entre 10 días y 2 meses después (pericarditis subaguda). La pericarditis aguda también puede ser un efecto secundario por la administración de ciertos fármacos, incluidos los anticoagulantes (como la warfarina y la heparina), la penicilina, la procainamida (un fármaco antiarrítmico) y la fenitoína (un anticonvulsivo).

A menudo, se desarrolla una pericarditis después de una intervención quirúrgica en el pericardio (pericardiotomía) llamada síndrome pospericardiotomía.

A veces no es posible determinar la causa de la pericarditis aguda (en este caso, la pericarditis se denomina idiopática o inespecífica).

La pericarditis subaguda está causada por los mismos trastornos que la pericarditis aguda.

Síntomas

Por lo general, la pericarditis aguda produce fiebre y un dolor torácico punzante que muchas veces se extiende hacia el hombro izquierdo y, en ocasiones, baja por el brazo izquierdo. Este dolor es similar al de un infarto de miocardio, pero suele empeorar cuando el paciente se acuesta, cuando deglute alimentos, cuando tose o incluso cuando respira profundamente. El líquido o la sangre que se acumulan en la cavidad pericárdica ejercen presión sobre el corazón e interfieren en su capacidad para bombear la sangre. Si la presión es demasiado alta, se produce un taponamiento cardíaco, que puede llevar a la muerte. A veces la pericarditis aguda no produce ningún síntoma.

La pericarditis secundaria debida a tuberculosis comienza de manera insidiosa, a veces sin síntomas evidentes de infección pulmonar. Puede causar fiebre y síntomas de insuficiencia cardíaca como debilidad, fatiga y dificultad para respirar. Se puede producir un taponamiento cardíaco.

La pericarditis aguda debida a una infección vírica suele ser dolorosa, pero es de corta duración y no produce efectos permanentes.

Si se presenta durante el primer o el segundo día después de un infarto de miocardio, no se suelen tener en cuenta sus síntomas, ya que el motivo principal de preocupación lo constituyen los síntomas del infarto de miocardio (ver Síndromes coronarios agudos (ataque al corazón, infarto de miocardio, angina inestable)). La pericarditis que aparece entre los 10 días y los 2 meses posteriores a un infarto de miocardio suele estar asociada al síndrome de Dressler (síndrome postinfarto de miocardio), que incluye fiebre, derrame pericárdico (exceso de líquido en la cavidad pericárdica), pleuritis (inflamación de la pleura, que es la membrana que recubre los pulmones), derrame pleural (presencia de líquido entre las dos capas de la pleura) y dolor articular.

Entre el 15 y el 25 por ciento de los sujetos con pericarditis idiopática presentan síntomas que se repiten de forma intermitente durante meses o años (lo que se denomina pericarditis recidivante).

Diagnóstico

La pericarditis aguda se suele diagnosticar a partir de la descripción del dolor y por los sonidos que se escuchan al colocar un fonendoscopio sobre el pecho del paciente. Estos sonidos son similares al crujido de un zapato de cuero o al roce de las hojas secas (roce pericárdico). Gracias a estos sonidos, se puede diagnosticar la pericarditis pocas horas o pocos días después de un infarto de miocardio.

Por lo general, también se realiza un electrocardiograma (ECG), que suele mostrar anomalías causadas por la pericarditis. Después, se buscan signos de derrame pericárdico mediante la realización de una radiografía de tórax y una ecocardiografía (un procedimiento que utiliza ondas de ultrasonido para producir una imagen del corazón, ver Ecocardiografía y otros procedimientos con ultrasonidos).

A veces, la causa de la pericarditis es obvia, como un reciente ataque al corazón, pero en otras ocasiones no se puede saber con certeza. La ecocardiografía ayuda a descubrir la causa, por ejemplo, un cáncer. Los análisis de sangre permiten detectar algunas de las afecciones que producen pericarditis, por ejemplo, leucemia, sida u otras infecciones, fiebre reumática y el aumento de los niveles de urea en sangre debidas a una insuficiencia renal. Si no se conoce la causa de la pericarditis, se puede extraer una muestra del líquido o del tejido pericárdico mediante la inserción de una aguja a través de la pared torácica (pericardiocentesis). El líquido y el tejido se envían al laboratorio para su análisis.

Pronóstico y tratamiento

El pronóstico de las personas afectadas con pericarditis depende de la causa. Si la pericarditis ha sido provocada por un virus o si la causa es desconocida, la recuperación se suele lograr en un plazo de 1 a 3 semanas, aunque si existen complicaciones o recidivas, la recuperación será más lenta. Si existe un cáncer que ha invadido el pericardio, la supervivencia no es mayor de 12 o 18 meses.

Independientemente de la causa, se suele hospitalizar a los enfermos con pericarditis, sobre todo si presentan características de alto riesgo (fiebre, inicio subagudo de la pericarditis, traumatismo reciente, tratamiento anticoagulante oral, ausencia de mejoría tras la administración de aspirina [ácido acetilsalicílico] o fármacos antiinflamatorios no esteroideos [AINE], y derrames pericárdicos de intensidad moderada o grave). Por lo general, la pericarditis aguda responde a la colquicina (frecuentemente denominada colchicina) o a los AINE (como el ácido acetilsalicílico y el ibuprofeno) ingeridos por vía oral. Una vez que se alivian el dolor y los signos de inflamación, la dosis de los medicamentos se reduce de forma gradual (ajuste, ver Analgésicos no opiáceos : Medicamentos antiinflamatorios no esteroideos). Se somete a la persona afectada a supervisión con el fin de detectar posibles complicaciones, sobre todo, un taponamiento cardíaco. Si el dolor es muy intenso, es necesario administrar un opiáceo, como la morfina, o un corticoesteroide, como la prednisona. Esta última no alivia el dolor de forma directa, sino que logra este objetivo al reducir la inflamación. La colquicina (frecuentemente denominada colchicina) también reduce la posibilidad de que se produzca una nueva pericarditis.

Siempre que sea posible, se deben dejar de administrar los fármacos causantes de pericarditis.

Están disponibles otros tratamientos de la pericarditis aguda, que varían en función de la causa. Si existe insuficiencia renal, aumentar la frecuencia de las diálisis suele producir mejoría. Las personas con cáncer pueden responder a la quimioterapia o la radioterapia. Si la causa es una infección bacteriana, el tratamiento consiste en la administración de antibióticos y en el drenaje quirúrgico del pus presente en el pericardio.

Se puede evacuar líquido del pericardio mediante la inserción de un catéter delgado en el espacio pericárdico (pericardiocentesis). Se puede introducir a través de la piel un catéter con balón en la punta. A continuación, se infla el balón para realizar un agujero (ventana) en el pericardio. Este procedimiento, denominado pericardiotomía percutánea con balón, se suele realizar como alternativa a la cirugía cuando los derrames son secundarios a un cáncer o cuando se repiten.

Como alternativa, se puede practicar una pequeña incisión por debajo del esternón y extirpar parte del pericardio. A continuación, se introduce un tubo en la cavidad pericárdica. Este procedimiento, denominado pericardiotomía subxifoidea, se realiza a menudo cuando los derrames se deben a infecciones bacterianas. Ambos procedimientos requieren anestesia local, pueden realizarse mientras el paciente permanece en la cama, permiten que el líquido se evacue de forma continua y son eficaces.

Si reaparece una pericarditis causada por una infección vírica, un traumatismo, o un trastorno no identificado, la administración de aspirina (ácido acetilsalicílico) o de ibuprofeno, en ocasiones junto con colchicina, puede proporcionar alivio. Si estos fármacos no ayudan, se pueden administrar corticoesteroides, siempre y cuando la causa no sea una infección. En ocasiones, los corticosteroides se inyectan en el espacio pericárdico. Si el tratamiento farmacológico es ineficaz, puede procederse a la resección quirúrgica del pericardio.

Cuando la pericarditis aguda ocurre durante las primeras horas o los primeros días posteriores a un infarto de miocardio, el tratamiento farmacológico del infarto de miocardio, incluida la administración de aspirina (ácido acetilsalicílico) y de analgésicos más potentes como la morfina, suele reducir las molestias debidas a la pericarditis.