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Introducción al agua corporal

Por James L. Lewis, III, MD

El agua representa entre la mitad y los dos tercios del peso de una persona. El tejido adiposo tiene un porcentaje inferior de agua que el tejido magro, y las mujeres tienden a tener más grasa, por lo que el porcentaje de agua en el peso corporal total en una mujer es menor (del 52% al 55%) que en el hombre (60%). Además, el porcentaje de peso corporal formado por agua también es más bajo en la edad avanzada y cuando se tiene obesidad. El porcentaje de peso corporal formado por agua es mayor (70%) al nacer y durante la primera infancia. Un hombre que pesa 68 kg tiene algo más de 41 L de agua en su organismo: entre 23 y 27 L en el interior de las células, alrededor de 7 L en el espacio que rodea las células y algo menos de 4 L (o en torno al 9% de la cantidad total de agua) en la sangre.

El consumo de agua debe equilibrar la cantidad de agua que se pierde. Los adultos sanos han de beber unos 2 L de líquido al día, como mínimo, para mantener el equilibrio hídrico y prevenir la deshidratación, los cálculos renales y otros trastornos. Por lo general, ingerir mucho líquido es mejor que ingerir poco, porque al organismo le resulta más fácil eliminar el exceso de agua que conservarla. Sin embargo, cuando los riñones funcionan con normalidad, el cuerpo puede hacer frente a grandes variaciones en la ingesta de líquidos.

El organismo obtiene agua, principalmente, absorbiéndola del tubo digestivo. Además, cuando el organismo procesa (metaboliza) ciertos nutrientes, se produce una pequeña cantidad de agua.

El organismo pierde agua, en su mayor parte, eliminándola a través de los riñones en la orina. Según las necesidades del organismo, los riñones pueden excretar menos de medio litro o varios litros de orina al día. Se pierde casi 1 L al día por la evaporación del agua contenida en la piel y por la respiración. La sudoración profusa, que puede estar causada por el ejercicio intenso, por un clima cálido o por una temperatura corporal elevada, aumenta de forma notable el volumen de agua que se evapora. En condiciones normales, se pierde una pequeña cantidad de agua del tubo digestivo; sin embargo, en los vómitos prolongados o en las diarreas intensas se pueden perder hasta más de 4 L en un día.

Por lo general, se ingiere la cantidad de líquido necesaria para compensar la pérdida excesiva de agua. Sin embargo, cuando se tienen vómitos o diarrea intensos, es posible sentirse demasiado enfermo como para tomar la cantidad de líquido necesaria que compense esta pérdida excesiva y, por lo tanto, puede sufrirse deshidratación (ver Deshidratación). La confusión, la movilidad reducida o la disminución del grado de consciencia también pueden impedir notar la sensación de sed o imposibilitar a la persona para que ingiera suficiente líquido.

Las sales minerales (electrólitos), como el sodio y el potasio, están disueltas en el agua del organismo. El equilibrio hídrico y el equilibrio electrolítico (ver Equilibrio electrolítico) guardan una relación estrecha. El organismo intenta mantener constante el volumen total de agua y las concentraciones de electrólitos en la sangre. Por ejemplo, cuando se elevan demasiado los niveles de sodio, se siente sed, lo que conduce a ingerir más líquido. Además, la vasopresina (también denominada hormona antidiurética), una hormona segregada por el cerebro en respuesta a la deshidratación, transmite a los riñones una señal para excretar menos agua. La combinación de estos dos efectos da lugar a una cantidad mayor de agua presente en la sangre. En consecuencia, el sodio se diluye y el equilibrio entre este y el agua se restablece. Cuando la concentración de sodio baja demasiado, los riñones excretan más agua, lo que disminuye la cantidad de agua en la sangre y restaura el equilibrio perdido.

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