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Cuando llega la muerte

Por Elizabeth L. Cobbs, MD, George Washington University;Washington DC Veterans Administration Medical Center ; Karen Blackstone, MD, George Washington University;Washington DC Veterans Administration Medical Center ; Joanne Lynn, MD, MA, MS

Puede llegar un momento en que la decisión de no continuar con la reanimación cardiorrespiratoria o RCR (un procedimiento de urgencia que restablece el funcionamiento del corazón y los pulmones) es la adecuada para prácticamente todas las personas agonizantes que pueden aceptar la muerte. El moribundo, sus familiares y el equipo de profesionales que lo atiende deben también llegar a algunos acuerdos y anotarlos (por ejemplo si la persona agonizante debe ser hospitalizada o recibir ventilación artificial). A menudo, la aplicación de estas decisiones requiere determinadas previsiones (por ejemplo, tener los medicamentos en casa, preparados para hacer frente a los síntomas).

Si se ha previsto que la persona muera en su domicilio, los familiares deben saber de antemano a quién o a dónde han de llamar (un médico o el personal de enfermería de la residencia) y lo que no deben hacer (pedir un servicio de ambulancia, por ejemplo). También les será útil disponer de asesoramiento legal y de los servicios funerarios para el entierro o la incineración. La persona o sus familiares y el equipo de cuidadores deben comentar la posibilidad de donación de órganos y tejidos, si es oportuno, antes del fallecimiento o inmediatamente después. Por lo general estos temas deben tratarse por imperativo legal. Las convicciones religiosas pueden condicionar el cuidado del cadáver. Todo aquello que se aleje de los procedimientos habituales debe ser comentado, antes de la muerte, con los profesionales encargados de la atención médica y con la propia persona moribunda o sus familiares.

Los afectados y sus familiares también deben poder reconocer los indicios físicos característicos de la inminencia de la muerte. La consciencia empieza a disminuir. Las extremidades pueden empezar a enfriarse y quizá adquieran un color morado o aparezcan manchadas. La frecuencia respiratoria se vuelve irregular. En las últimas horas puede producirse confusión y somnolencia.

Las secreciones de la garganta o el relajamiento de los músculos de esta zona provocan en ocasiones una respiración ruidosa, denominada estertor de muerte. Este ruido se puede evitar en parte cambiando de posición a la persona moribunda, limitando la ingesta de líquidos o con medicamentos para secar las secreciones. Dicho tratamiento tiene por objetivo el bienestar de la familia o de los cuidadores, ya que los estertores aparecen cuando la persona moribunda está inconsciente. El estertor no causa molestias a la persona moribunda. Esta respiración puede continuar durante horas y, a menudo significa que la muerte se producirá en horas o días.

En el momento de la muerte puede ocurrir que algunos músculos se contraigan y que se observe un movimiento torácico similar al respiratorio. El corazón puede todavía latir minutos después de interrumpirse la respiración y producirse una breve convulsión. A menos que la persona moribunda tenga una enfermedad infecciosa que suponga un riesgo para los demás, se debe explicar a los miembros de la familia que es normal querer tocar al agonizante, acariciarlo y abrazarlo incluso durante un rato después de su muerte. Por lo general, observar al fallecido después de la muerte resulta reconfortante para los allegados. Hacerlo les permitirá combatir más tarde la idea frecuente pero irracional de que la persona no estaba realmente muerta.

Los últimos momentos de la vida de una persona pueden causar una impresión duradera en sus familiares, amigos y cuidadores. Siempre que sea posible, la persona moribunda debe estar en un lugar tranquilo, silencioso y físicamente confortable. Debe alentarse a los familiares a mantener contacto físico con el moribundo, como cogerle de la mano. Si lo desea, pueden estar presentes sus familiares, amigos y un sacerdote.