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Realidades de la toma de decisiones

Por Thomas V. Jones, MD, MPH, Director, Inflammatory Diseases, Specialty Care Unit, Pfizer

Cuando hay que tomar una decisión sobre un diagnóstico o un tratamiento, deben realizarse dos tareas. La primera es elegir la fuente de información que ayude de manera más apropiada a determinar qué medidas hay que tomar. La segunda es aplicar la información obtenida a la situación particular de la persona.

Pero a veces hay que superar alguna dificultad. Una de ellas es el tiempo, pues muchas decisiones deben tomarse rápidamente. En este caso, es posible que el médico y la persona afectada no tengan tiempo suficiente para reunirse y valorar toda la información disponible. Otra dificultad es la calidad de la información. No toda la información o las recomendaciones de libros, páginas de Internet e incluso la de los estudios de investigación publicados es correcta. Otra información puede ser correcta, pero solo se aplica a algunas personas y no a otras. El médico debe ayudar a evaluar la calidad de la información. Por ejemplo, puede pensar que su experiencia personal merece más confianza que la información obtenida de internet.

Los efectos potenciales de cualquier recomendación diagnóstica deben ser evaluados por el médico, quien además tiene que ayudar a la persona a sopesar las consecuencias de pasar por alto una afección grave aun cuando el diagnóstico sea improbable.

El mismo tipo de razonamiento se utiliza para decidir tratamientos. El médico probablemente no recomendará tratamientos con graves efectos secundarios si la persona presenta un trastorno leve. A la inversa, si la afección es grave, pero la curación es posible, suele admitirse el riesgo de dichos efectos secundarios.

Cabe la posibilidad de que el médico y la persona afectada no tengan la misma percepción del riesgo. El posible efecto secundario de un fármaco puede resultar inquietante para una persona por su gravedad, independientemente de la baja probabilidad de que este aparezca. El médico, sin embargo, no sentirá la misma preocupación si la posibilidad de que se presente el efecto secundario es remota. También es posible que el médico no entienda que para una persona en particular sea un problema importante lo que la mayoría de la gente considera un efecto secundario menor. Por ejemplo, si el trabajo de una persona es conducir un vehículo, estará más preocupado si tiene que tomar un fármaco que cause somnolencia.

A menudo, el equilibrio entre el riesgo de la enfermedad y su tratamiento no se puede establecer tan claramente. El médico suele sopesar los riesgos y los beneficios de un tratamiento de forma diferente a como lo hace la persona tratada, quien debe discutir estas diferencias de opinión con otros médicos. Comprender los riesgos ayudará a la persona a evaluar las opciones que tiene cuando el médico le ofrezca varias posibilidades y le pida que decida entre ellas. Al evaluar los riesgos relativos y absolutos de las diversas opciones y tener en cuenta también sus propios valores, la persona tomará decisiones más informadas sobre la atención médica.