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Hepatitis vírica aguda

Por Anna E. Rutherford, MD, MPH, Instructor, Gastroenterology, Hepatology and Endoscopy;Physician, Brigham and Women's Hospital;Massachusetts General Hospital

La hepatitis vírica aguda es una inflamación del hígado debida a la infección por alguno de los cinco virus de la hepatitis. En la mayoría de las personas, la inflamación comienza de forma súbita y solo dura unas semanas.

  • Puede ser desde asintomática a presentar síntomas graves.

  • Las personas afectadas pueden presentar falta de apetito, náuseas, vómitos, fiebre, dolor en la parte superior derecha del abdomen e ictericia.

  • Los médicos realizan una exploración física y extraen muestras de sangre para analizarla.

  • Las vacunas pueden prevenir las hepatitis A, B y E.

  • No suele ser necesario ningún tratamiento específico.

La hepatitis vírica aguda puede ser causada por uno de los cinco virus de la hepatitis (A, B, C, D y E, ver Virus de la hepatitis) y, probablemente, por otros virus aún no identificados. El virus de la hepatitis A es la causa más frecuente, seguido del de la hepatitis B. El riesgo de contraer hepatitis aumenta al realizar ciertas actividades, como hacerse un tatuaje o una perforación estética, compartir agujas para inyectarse drogas o tener varias parejas sexuales.

Síntomas

La hepatitis vírica aguda puede dar lugar a cualquier cuadro clínico, desde un trastorno menor, similar a una gripe, hasta una insuficiencia hepática mortal. A veces cursa de forma asintomática. La gravedad de los síntomas y la velocidad de recuperación varían considerablemente en función del tipo de virus y de la respuesta de la persona a la infección. La hepatitis A y la hepatitis C suelen cursar con síntomas muy leves o ser asintomáticas y pueden pasar inadvertidas, mientras que las hepatitis B y E producen síntomas graves con mayor probabilidad. La infección simultánea por los virus de la hepatitis B y D (llamada coinfección) hace que los síntomas sean aún más graves.

Los síntomas suelen aparecer repentinamente y son, entre otros, falta de apetito, náuseas, vómitos y a menudo fiebre y dolor en la parte superior derecha del abdomen (donde está localizado el hígado). En las personas fumadoras, la aversión al tabaco es un síntoma típico. Algunas veces, en especial en la hepatitis B, las personas infectadas presentan dolores articulares y urticaria con prurito (habones).

Por lo general, entre 3 y 10 días después, la orina suele volverse oscura y aparece ictericia (coloración amarillenta de la piel y de la parte blanca de los ojos, ver Ictericia en adultos); síntomas que se deben a la acumulación de bilirrubina en la sangre. La bilirrubina es el principal pigmento de la bilis, el líquido digestivo amarillo-verdoso producido por el hígado. La mayoría de los síntomas desaparecen habitualmente en este punto y la persona se siente mejor, aun cuando la ictericia puede empeorar. La ictericia suele alcanzar su nivel máximo en el periodo de 1 a 2 semanas y luego, de la semana 2 a la 4, va desapareciendo. Pueden presentarse síntomas de colestasis (una reducción o interrupción del flujo de la bilis), tales como deposiciones blanquecinas y prurito generalizado, en especial en personas con hepatitis A.

En raras ocasiones, los síntomas llegan a ser extremadamente graves y aparece insuficiencia hepática (llamada hepatitis fulminante). Las personas que padecen hepatitis B, y sobre todo aquellas con una coinfección por hepatitis D, son más propensas a tener una hepatitis fulminante cuya progresión puede ser muy rápida. Las sustancias tóxicas, eliminadas normalmente por el hígado, se acumulan en la sangre y llegan al cerebro, lo que provoca encefalopatía hepática (portosistémica) (ver Encefalopatía hepática). La hepatitis fulminante puede resultar mortal, sobre todo en adultos.

Las personas con hepatitis vírica aguda generalmente se recuperan en 4 u 8 semanas, incluso sin tratamiento. Sin embargo, las personas infectadas por el virus de la hepatitis C pueden convertirse en portadoras del virus. Las personas infectadas con hepatitis B tienen menos probabilidades de convertirse en portadores. Los portadores no tienen síntomas, pero siguen estando infectados y transmiten el virus a otras personas. Los portadores pueden llegar a padecer hepatitis crónica, pese a que la enfermedad no sea aparente. También es posible que, a la larga, los portadores lleguen a tener cirrosis (cicatrización grave del hígado, ver Cirrosis del higado) o cáncer hepático (ver Cánceres hepáticos primarios).

Diagnóstico

El médico sospecha la existencia de una hepatitis vírica aguda basándose en los síntomas que presenta la persona. Durante la exploración física, el médico palpa la parte del abdomen situada sobre el hígado, el cual está dolorido y algo aumentado de tamaño en aproximadamente la mitad de las personas con hepatitis vírica aguda.

Se realizan análisis de sangre para evaluar cómo está funcionando el hígado y si está dañado (pruebas de función hepática). Estos análisis pueden indicar si el hígado está inflamado y con frecuencia, ayudan al médico a distinguir una hepatitis derivada del abuso de alcohol de otra causada por un virus, Se realizan análisis de sangre para ayudar a los médicos a identificar cuál es el virus de la hepatitis causante de la infección. Estos análisis pueden detectar partes del virus o anticuerpos específicos producidos por el organismo para combatir el virus.

En algunos casos, si el diagnóstico no está claro, se realiza una biopsia: se extrae una muestra de tejido hepático con una aguja y se examina.

Si la hepatitis aguda parece probable, se intenta identificar la causa en lo posible. Con esta finalidad, el médico se ayuda de preguntas a los pacientes sobre las actividades que pueden aumentar el riesgo de contraer una hepatitis vírica (ver Virus de la hepatitis). Asimismo, el médico también puede preguntar al paciente si toma medicamentos que pueden causar hepatitis (como la isoniazida, utilizada para tratar la tuberculosis) y la cantidad de alcohol que bebe, para decidir si la causa puede ser no vírica.

Prevención

Se dispone de vacunas intramusculares para prevenir las infecciones por el virus de la hepatitis A, B y E.

Como con la mayoría de las vacunas, la protección se alcanza después de varias semanas, que es cuando la vacuna alcanza todo su efecto ya que el sistema inmunitario crea anticuerpos contra ese virus concreto de forma gradual.

Si una persona que nunca ha sido vacunada está expuesta al virus de la hepatitis A puede protegerse mediante la inyección de un preparado de anticuerpos denominado concentrado de inmunoglobulinas estándar, el cual evita la infección o disminuye su gravedad. Sin embargo, el grado de protección que aporta es variable y es solo temporal.

Si una persona que no ha sido vacunada se expone al virus de la hepatitis B, se le administra inmunoglobulinas contra la hepatitis B además de la vacuna. Las inmunoglobulinas contra la hepatitis B contiene anticuerpos frente al virus de la hepatitis B que ayudan al cuerpo a combatir la infección. Este preparado evita los síntomas o disminuye su gravedad, aunque es poco probable que impida la infección. Algunas personas, como las que tienen un sistema inmunitario debilitado o las que están siendo tratadas con hemodiálisis, pueden necesitar una dosis de refuerzo de la vacuna.

No se dispone de vacunas contra la hepatitis C ni D. Sin embargo, la vacunación contra el virus de la hepatitis B también disminuye el riesgo de infección por el virus de la hepatitis D.

Se pueden adoptar otras medidas preventivas contra la infección por los virus de la hepatitis:

  • Lavarse cuidadosamente las manos antes de manipular alimentos

  • No compartir agujas para inyectarse fármacos ni drogas

  • No compartir cepillos de dientes, maquinillas de afeitar ni otros objetos que puedan contener restos de sangre

  • Adoptar medidas de seguridad en las relaciones sexuales, por ejemplo, usando métodos de barrera como el preservativo

  • Limitar el número de parejas sexuales

Es poco probable que la sangre de donaciones esté contaminada ya que se analiza previamente, sin embargo, los médicos contribuyen a reducir el riesgo de hepatitis realizando transfusiones de sangre solo cuando son esenciales. A veces, las personas que tienen que someterse a una intervención quirúrgica, hacen donación de su propia sangre unas semanas antes de la intervención con el fin de evitar la transfusión de sangre procedente de un donante desconocido.

Tratamiento

En la mayoría de las personas no es necesario ningún tratamiento especial, aunque las que padecen una hepatitis aguda excepcionalmente grave requieren hospitalización. Después de los primeros días, la persona suele recuperar el apetito y ya no tiene que permanecer en cama. No se requieren restricciones importantes en la dieta, en las actividades que la persona desarrolla habitualmente ni son necesarios los suplementos vitamínicos. La mayoría de las personas pueden volver a trabajar sin peligro después de remitir la ictericia, aun cuando los resultados de las pruebas de la función hepática no sean completamente normales.

Las personas con hepatitis no deben consumir alcohol hasta estar totalmente recuperadas. A veces es necesario que el médico interrumpa la administración de un fármaco o reduzca su dosis, cuando este, debido a la incapacidad del hígado infectado para procesarlo (metabolizarlo), se acumula en el organismo con riesgo de alcanzar concentraciones tóxicas (como ocurre con la warfarina o la teofilina). Por lo tanto, la persona debe informar al médico de todos los fármacos que está tomando (tanto los que necesitan prescripción médica como los que se adquieren libremente, incluidas las plantas medicinales), para que este realice los ajustes de dosis que sean necesarios.

Si la hepatitis B provoca una hepatitis muy grave (fulminante), los fármacos antivíricos pueden ser de ayuda. Sin embargo, el trasplante de hígado es el tratamiento más eficaz y posiblemente, la única esperanza de supervivencia, sobre todo en adultos.