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Síndrome del Intestino Irritable (SII)

(Colon irritable)

Por Stephanie M. Moleski, MD, Assistant Professor of Medicine, Division of Gastroenterology & Hepatology, Thomas Jefferson University Hospital

El síndrome del intestino irritable (SII) (síndrome de colon irritable, SCI) es un trastorno de todo el tubo digestivo que produce dolor abdominal recurrente y estreñimiento o diarrea.

  • Los síntomas varían pero a menudo incluyen dolor en la zona baja del abdomen, hinchazón, flatulencia (gases) y estreñimiento o diarrea.

  • Los síntomas del síndrome del intestino irritable pueden desencadenarse por distintas sustancias y factores emocionales.

  • El médico suele diagnosticar el síndrome del intestino irritable basándose en los síntomas, pero hace pruebas para descartar otros problemas.

  • El cambio de alimentación y los fármacos por lo general alivian los síntomas específicos.

El síndrome del intestino irritable (SII) afecta del 10 al 15% de la población general. Algunos estudios, aunque no todos, sugieren que las mujeres con este síndrome consultan con mayor frecuencia a un médico. El síndrome del intestino irritable es el trastorno más frecuente diagnosticado por los gastroenterólogos (los médicos especialistas en enfermedades del aparato digestivo).

El trastorno suele clasificarse como una afección funcional porque altera el funcionamiento de las actividades normales del organismo, como la motilidad intestinal, la sensibilidad de los nervios intestinales o el modo en que el cerebro controla algunas de estas funciones. Sin embargo, aunque el funcionamiento normal esté afectado, no hay anomalías estructurales que puedan ser detectadas mediante un endoscopio (un tubo flexible de visualización), radiografías, biopsias o análisis de sangre. Por lo tanto, el síndrome del intestino irritable se identifica por las características de los síntomas y, cuando se realizan, por los resultado normales de las pruebas.

Causas

La causa del síndrome del intestino irritable (SII) no está clara. En muchas personas con este trastorno, el sistema digestivo es especialmente sensible a una gran cantidad de estímulos. Las personas afectadas sienten malestar causado por gases intestinales o por contracciones que otras personas no encontrarían preocupantes. Aunque los cambios en la motilidad intestinal que se producen en el síndrome del intestino irritable parecen relacionados con contracciones intestinales anómalas, no todas las personas que padecen este trastorno tienen dichas contracciones, y en muchas de las personas que sí las tienen, las contracciones anómalas no siempre coinciden con síntomas. En algunas personas, los síntomas comienzan después de un episodio de gastroenteritis (ver Gastroenteritis).

Los factores emocionales (por ejemplo estrés, ansiedad, depresión y miedo), la alimentación, los fármacos (incluidos los laxantes), las hormonas o las sustancias ligeramente irritantes pueden desencadenar o empeorar un episodio (brote o crisis) de síndrome del intestino irritable. Para algunas personas, el desencadenante (factor precipitante) pueden ser las comidas hipercalóricas o las dietas con alto contenido en grasas. Para otras personas, el trigo, los productos lácteos, las alubias, el chocolate, el café, el té, algunos edulcorantes artificiales, ciertas verduras (como espárragos o brócoli) o las frutas con hueso (como albaricoques) parecen agravar los síntomas. Estos alimentos contienen hidratos de carbono que se absorben mal en el intestino delgado. Las bacterias del intestino causan la fermentación de los hidratos de carbono, lo que provoca gases, hinchazón y cólicos. Dado que muchos productos alimenticios contienen varios ingredientes, resulta difícil identificar el factor precipitante específico. Otras personas creen que comer muy deprisa o comer después de un periodo largo sin hacerlo estimulan las crisis. No obstante, la relación es inconsistente. Las personas afectadas no siempre tienen síntomas después de un factor desencadenante habitual, y los síntomas aparecen a menudo sin que exista un desencadenante obvio. El modo en el que los factores precipitantes causan el síndrome no está claro.

Síntomas

El síndrome del intestino irritable (SII) normalmente comienza entre la adolescencia y la edad de 30 años, y provoca episodios de síntomas que se repiten en periodos irregulares. El inicio de los síntomas en fases más tardías de la vida adulta es menos frecuente, pero no raro. Las crisis casi siempre se producen mientras la persona está despierta, y es infrecuente que despierten a la persona afectada.

Los síntomas incluyen dolor abdominal relacionado o aliviado con la defecación, cambios en la frecuencia (tales como estreñimiento o diarrea) o consistencia de las deposiciones (sueltas o con grumos y duras), distensión abdominal, mucosidad en las heces y sensación de evacuación incompleta después de la defecación. El dolor puede producirse en brotes de dolor sordo y constante o como cólicos, por lo general en la parte baja del abdomen. Otros síntomas posibles son hinchazón, gases, náuseas, dolor de cabeza, fatiga, depresión, ansiedad, dolores musculares y dificultad para concentrarse. En general, el carácter y localización del dolor, los factores precipitantes y el patrón de deposiciones son relativamente constantes a lo largo del tiempo. No obstante, los síntomas aumentan o disminuyen en gravedad y cambian con el paso del tiempo.

Diagnóstico

La mayoría de las personas con síndrome del intestino irritable (SII) tienen un aspecto saludable. Los médicos basan el diagnóstico en las características de los síntomas de la persona y también utilizan criterios normalizados basados en los síntomas para el diagnóstico del síndrome del intestino irritable, denominados criterios de Roma. Asimismo, pueden hacer pruebas para diagnosticar las enfermedades comunes que pueden causar síntomas similares, especialmente en personas mayores de 40 años o con signos de alarma, tales como fiebre, pérdida de peso, sangrado rectal y vómitos.

Los médicos diagnostican el síndrome del intestino irritable en personas que han tenido dolor o molestias abdominales durante al menos 3 días al mes en los últimos 3 meses junto con 2 o más de los siguientes síntomas:

  • Dolor que se alivia con la defecación

  • El inicio de cada brote se asocia a un cambio en la frecuencia de las deposiciones (estreñimiento o diarrea)

  • Un cambio en la consistencia de las heces

La exploración física no suele revelar ninguna alteración salvo, en algunas ocasiones, hipersensibilidad a la palpación en la zona del intestino grueso. Los médicos practican un tacto rectal, en el cual introducen su dedo enguantado en el recto de la persona. Las mujeres se someten a un examen pélvico. Los médicos suelen pedir algunas pruebas, por ejemplo, análisis de sangre y de heces y una sigmoidoscopia (ver Endoscopia), para diferenciar el síndrome del intestino irritable de la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa, el cáncer (especialmente en personas mayores de 40 años), la colitis colágena, la colitis linfocítica, la enfermedad celíaca y de muchos otros trastornos e infecciones que pueden causar dolor abdominal y cambios en el ritmo intestinal. Los resultados de estas pruebas suelen ser normales cuando se padece el síndrome del intestino irritable, aunque las heces sean acuosas, y la sigmoidoscopia puede causar espasmos y dolor poco usuales. Se suelen hacer más pruebas, como una ecografía del abdomen, radiografías de los intestinos o una colonoscopia (ver Endoscopia), en las personas de edad avanzada y en las que tienen síntomas inusuales para el síndrome del intestino irritable, tales como fiebre, heces con sangre, pérdida de peso y vómitos. Asimismo, se puede hacer una prueba para descartar la intolerancia a la lactosa o la proliferación bacteriana excesiva y también hacer preguntas para descartar un abuso de los laxantes.

Otros trastornos del aparato digestivo (como apendicitis, enfermedades de la vesícula biliar, úlceras y cáncer) pueden desarrollarse en una persona con síndrome del intestino irritable, sobre todo después de los 40 años. Por lo tanto, si los síntomas de una persona cambian de manera significativa, aparecen nuevos síntomas o los síntomas no son los habituales del síndrome del intestino irritable, pueden ser necesarias pruebas adicionales.

Dado que los síntomas del síndrome del intestino irritable pueden ser provocados por el estrés y los conflictos emocionales, el médico puede hacer preguntas para ayudar a identificar el estrés, la ansiedad o los trastornos del estado de ánimo.

Tratamiento

El tratamiento difiere de una persona a otra. Si es posible, deben evitarse los alimentos o las situaciones de estrés que parezcan desencadenar los episodios. La actividad física regular ayuda a la mayoría de las personas, especialmente las propensas al estreñimiento, a mantener un funcionamiento normal del tubo digestivo.

Alimentación

Muchas personas se encuentran mejor comiendo frecuentemente pequeñas cantidades, en vez de comidas más copiosas y menos frecuentes (por ejemplo, 5 o 6 pequeñas comidas en vez de 3 comidas grandes al día). Se debe tratar de disminuir el ritmo de ingestión de la comida. Aquellos que tengan sensación de hinchazón e incremento de gases (flatulencia) deben evitar las habas, el repollo y otros alimentos difíciles de digerir. Debe restringirse el consumo de sorbitol, un edulcorante artificial utilizado en comidas dietéticas y algunos medicamentos y chicles. La fructosa, el azúcar que se encuentra en las frutas, bayas y algunas plantas, debe tomarse solo en pequeñas cantidades. La dieta baja en grasas ayuda a algunas personas, especialmente aquellas cuyo estómago se vacía con demasiada lentitutd o demasiada rapidez. Quienes padecen simultáneamente síndrome del intestino irritable e intolerancia a la lactosa deben consumir productos lácteos con moderación.

El estreñimiento, a menudo, puede aliviarse tomando más cantidad de fibra. Las personas con estreñimiento pueden tomar una cucharada de salvado con abundante agua y otros líquidos en cada comida, o bien un aporte complementario de ispágula, o de preparados que contengan plantas del género Plantago, con dos vasos de agua. Aumentar la presencia de fibra en la dieta agrava la flatulencia y la sensación de hinchazón. En algunos casos, la flatulencia se reduce con el consumo de preparados de fibra sintética (como la metilcelulosa).

Fármacos

Ciertos laxantes son razonablemente seguros y a menudo eficaces, para las personas con estreñimiento. Entre estos laxantes se incluyen los que contienen sorbitol, lactulosa o polietilenglicol y los laxantes estimulantes, como los que contienen bisacodilo o glicerina. La lubiprostona y un fármaco nuevo, la linaclotida, también pueden aliviar el estreñimiento. En alguna ocasión, se puede utilizar el tegaserod para aliviar el estreñimiento que no responde a otros fármacos.

Los anticolinérgicos, como la hiosciamina, alivian el dolor abdominal al inhibir los espasmos de los músculos intestinales, pero a menudo causan efectos secundarios anticolinérgicos (ver Anticolinérgicos: ¿Qué son los efectos anticolinérgicos?), como sequedad de boca, visión borrosa o dificultad para orinar.

Los antidiarreicos, tales como el difenoxilato o la loperamida, ayudan a las personas con diarrea. El alosetrón, que disminuye los efectos de la serotonina (un mensajero químico del organismo), se usa rara vez debido a que se ha asociado con un incremento del riesgo de sufrir colitis isquémica.

Los probióticos, que son bacterias que ya se encuentran de forma natural en el organismo y promueven el crecimiento de bacterias beneficiosas, pueden aliviar los síntomas del síndrome del intestino irritable, en particular la hinchazón. Los aceites aromáticos, como el aceite de menta, alivian los síntomas de los cólicos.

Las técnicas de modificación del comportamiento (como la terapia cognitivo-conductual), la psicoterapia y la hipnosis son en muchos casos extremadamente eficaces para gestionar los síntomas del síndrome del intestino irritable. El uso prolongado de ciertos antidepresivos, como la nortriptilina o la desipramina, es seguro y suele ser útil. Los antidepresivos no solo alivian el dolor y otros síntomas, sino que también contribuyen a aliviar los problemas de sueño, depresión o ansiedad.