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Efectos del envejecimiento en las vías urinarias

Por Navin Jaipaul, MD, MHS, Associate Professor of Medicine;Chief, Nephrology, Loma Linda University School of Medicine;VA Loma Linda Healthcare System

A medida que las personas envejecen, los riñones van perdiendo peso. Después de los 30 o 40 años de edad, alrededor de dos tercios de las personas, incluso las que no padecen enfermedad renal, experimentan una disminución gradual de la velocidad con la que sus riñones filtran la sangre. Sin embargo, la velocidad no cambia en el tercio restante de las personas mayores, lo que sugiere que hay otros factores, además de la edad, que afectan a la funcionalidad renal.

A medida que las personas envejecen, las arterias que irrigan los riñones se estrechan. Debido a esta constricción, las arterias ya no pueden suministrar suficiente sangre a riñones de tamaño normal por lo que el tamaño de los mismos puede disminuir. Además, las paredes de las pequeñas arterias que afluyen a los glomérulos se hacen más gruesas, lo cual reduce la función de los glomérulos restantes. Junto con estas pérdidas se produce una disminución de la capacidad de las nefronas para eliminar productos de desecho y muchos medicamentos, así como una incapacidad para concentrar o diluir orina y para eliminar ácidos. Sin embargo, a pesar de las alteraciones relacionadas con la edad, se conserva una funcionalidad renal suficiente para satisfacer las necesidades del organismo. Las alteraciones que se manifiestan con la edad no causan en sí enfermedad alguna, pero los cambios hacen reducir la reserva funcional renal disponible. En otras palabras, ambos riñones pueden necesitar trabajar con casi toda su capacidad para llevar a cabo todas las funciones normales del riñón. Por tanto, incluso el daño más pequeño en uno o ambos riñones puede suponer una pérdida de la funcionalidad renal.

Los uréteres cambian muy poco con la edad, pero la vejiga y la uretra, sí experimentan algunos cambios. El volumen máximo de orina que puede contener la vejiga disminuye. La capacidad de la persona para demorar la micción después de haber sentido la primera necesidad de orinar se reduce. Disminuye la velocidad del flujo de orina hacia el exterior de la vejiga y dentro de la uretra. Durante toda la vida, las contracciones esporádicas de los músculos de las paredes de la vejiga se manifiestan con independencia de cualquier otra necesidad u oportunidad apropiada para orinar. En personas más jóvenes, la médula espinal y los controles cerebrales bloquean la mayoría de estas contracciones, pero el número de contracciones esporádicas que no quedan bloqueadas aumenta con la edad, conduciendo, a veces, a episodios de incontinencia urinaria. La cantidad de orina que permanece en la vejiga después de la micción (orina residual) aumenta. Como resultado, se tiene que orinar con más frecuencia y se presenta un mayor riesgo de infecciones de las vías urinarias.

En las mujeres, se reduce el tamaño de la uretra y su revestimiento se vuelve más fino. Estos cambios en la uretra disminuyen la capacidad del esfínter urinario para cerrarse herméticamente, aumentando el riesgo de incontinencia urinaria. La razón por la cual se desencadenan este tipo de alteraciones en la uretra de la mujer parece ser una disminución en el nivel de estrógenos durante la menopausia.

En los hombres, la próstata tiende a agrandarse con la edad, obstruyendo progresivamente el flujo urinario (ver Hiperplasia benigna de la próstata (HBP)). Si no se trata, puede evolucionar a un bloqueo total o casi total, causando retención urinaria y posiblemente, lesión renal.