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Crisis de angustia y trastorno de angustia

Por

John W. Barnhill

, MD, Weill Cornell Medical College and New York Presbyterian Hospital

Última revisión completa abr 2020
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Datos clave
NOTA: Esta es la versión para el público general. MÉDICOS: Hacer clic aquí para la versión para profesionales
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Una crisis de angustia es un breve período de angustia, ansiedad o miedo extremos que comienza repentinamente y se acompaña de síntomas físicos y/o emocionales. Un trastorno de angustia comporta crisis de angustia repetidas que conducen a una preocupación excesiva por crisis futuras y/o cambios en el comportamiento orientados a evitar las situaciones que podrían desencadenar una crisis.

  • Las crisis de angustia pueden causar síntomas como dolor torácico, sensación de dificultad respiratoria y asfixia, mareos y náuseas.

  • Los médicos basan el diagnóstico en la descripción que la persona hace de las crisis y del temor a sufrir otras crisis en el futuro.

  • El tratamiento puede consistir en antidepresivos, ansiolíticos, terapia de exposición y psicoterapia.

Las crisis de angustia pueden ocurrir como parte de cualquier trastorno de ansiedad. Las crisis de angustia también pueden ocurrir en personas con otros trastornos psiquiátricos (como la depresión). Algunas crisis de angustia ocurren como respuesta a una situación específica. Por ejemplo, una persona con fobia a las serpientes puede experimentar una crisis de angustia ante la visión de este animal. Otras crisis suceden sin ningún desencadenante aparente.

Las crisis de angustia son frecuentes, con una prevalencia anual del 11% en adultos. En general, las personas se recuperan de las crisis de angustia sin tratamiento, pero algunas terminan desarrollando trastorno de angustia.

El trastorno de angustia consiste en que la persona está preocupada por la posibilidad de sufrir más crisis de angustia y/o cambia su comportamiento para intentar evitar las crisis. La prevalencia anual del trastorno de angustia es del 2 al 3% de la población. Las mujeres tienen un riesgo de padecer trastorno de angustia unas 2 veces más alto que los varones. El trastorno de angustia comienza habitualmente al final de la adolescencia o en la edad adulta temprana (véase Trastorno de angustia en niños y adolescentes).

Síntomas

Una crisis de angustia comporta la aparición súbita de miedo o incomodidad intensos además de al menos 4 de los siguientes síntomas físicos y psíquicos:

  • Dolor o molestias torácicos

  • Sensación de asfixia

  • Mareo, inestabilidad o desmayos

  • Miedo a morir

  • Miedo a volverse loco o a perder el control

  • Sentimientos de irrealidad o de extrañamiento en relación con el propio entorno

  • Sofocos o escalofríos

  • Náuseas, dolor de estómago o diarrea

  • Entumecimiento o parestesias

  • Palpitaciones o aceleración de la frecuencia cardíaca

  • Sensación de ahogo o de falta de aire

  • Sudoración

  • Temblores o agitación

¿Sabías que...?

  • Aunque las crisis de angustia producen síntomas que afectan al corazón y a otros órganos vitales, no son peligrosas.

Muchas personas con trastorno de angustia presentan también síntomas de depresión.

Los síntomas suelen alcanzar su máxima expresión en el transcurso de 10 minutos y desaparecen rápidamente, por lo que el médico rara vez los suele presenciar, a excepción del manifiesto temor de la persona a padecer otra crisis. Dado que las crisis de angustia puede producirse sin razón aparente, las personas afectadas temen con anticipación la posibilidad de padecer otra crisis (estado conocido como «ansiedad anticipatoria»), razón por la cual evitan las situaciones que asocian con la aparición de anteriores crisis.

Puesto que los síntomas de una crisis de angustia involucran la acción de muchos órganos vitales, las personas temen la posibilidad de padecer un problema médico grave relacionado con el corazón, los pulmones o el cerebro. Por ejemplo, una crisis de angustia puede percibirse como un infarto de miocardio. De ahí que la persona acuda a su médico de cabecera repetidas veces o incluso a un servicio de urgencias. Si el médico no diagnostica de manera adecuada los síntomas como expresión de una crisis de angustia, la preocupación del paciente irá en aumento al pensar que se ha pasado por alto una grave enfermedad física. Aunque las crisis de angustia provocan malestar, a veces extremo, no son peligrosas.

La frecuencia de las crisis puede variar ampliamente algunas personas sufren crisis semanales o incluso diarias que se suceden durante meses, mientras que otras sufren varias crisis diarias, seguidas de semanas o meses sin síntomas.

Diagnóstico

  • Evaluación de un médico, en base a criterios específicos

Los trastornos orgánicos graves suelen causar algunos de los mismos síntomas físicos y psíquicos que las crisis de angustia, por tanto, el equipo médico se asegura en primer lugar de que la persona afectada no padezca un trastorno orgánico.

El diagnóstico de trastorno de angustia requiere la existencia de crisis de angustia recurrentes e inesperadas y sin motivo aparente, unidas a la presencia durante un periodo mínimo de 1 mes de al menos una de las situaciones siguientes:

  • Preocupación persistente por si se presentan nuevas crisis de angustia o por las consecuencias de las crisis (por ejemplo, temor de perder el control o volverse loco).

  • Cambios en el comportamiento debido a las crisis de angustia (por ejemplo, evitar situaciones que pueden causar una crisis).

Cuando el equipo médico se asegura de que los síntomas tienen su origen en un trastorno de angustia, intenta evitar hacer pruebas exhaustivas cuando se producen crisis de angustia en el futuro, a menos que los síntomas de la persona afectada o los resultados de la exploración física sugieran la presencia de un nuevo problema.

Tratamiento

  • Antidepresivos y/o ansiolíticos

  • Psicoterapia, incluyendo terapia de exposición

Sin tratamiento formal, algunas personas se recuperan, especialmente si continúan enfrentándose a situaciones en las que se han producido crisis. En otras, los síntomas fluctúan durante años.

Sin embargo, cuando las personas afectadas han presentado crisis frecuentes y han cambiado su comportamiento para evitar posibles crisis futuras, suele ser necesario el tratamiento con fármacos y/o psicoterapia. Las personas que padecen trastorno de angustia son más receptivas al tratamiento si comprenden que su trastorno implica la existencia de factores tanto físicos como psicológicos y que, por lo general, el tratamiento permite controlar los síntomas.

Fármacos

Los fármacos empleados en el tratamiento del trastorno de angustia incluyen

  • Antidepresivos

  • Ansiolíticos, como las benzodiazepinas

Son eficaces la mayoría de los antidepresivos: tricíclicos, inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO), inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), moduladores de la serotonina, e inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina (noradrenalina) (IRSNA) (véase la tabla Fármacos utilizados para tratar la depresión).

Las benzodiazepinas actúan más rápido que los antidepresivos, pero pueden causar fármacodependencia y causan más frecuentemente somnolencia, deterioro de la coordinación, problemas de memoria y aumento del tiempo de reacción.

Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) o los inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina (IRSNA) son los fármacos de elección, ya que son tan eficaces como los otros fármacos pero generalmente producen menos efectos secundarios. Por ejemplo, es menos frecuente que causen somnolencia y no crean fármacodependencia, aunque si se interrumpe su administración de forma brusca, la mayoría de ISRS e IRSNA pueden provocar la aparición de molestos síntomas de abstinencia.

Es frecuente que el tratamiento se inicie administrando una benzodiazepina y un antidepresivo de manera conjunta. Cuando el fármaco antidepresivo comienza a ejercer su efecto, habitualmente se reduce la dosis de benzodiazepina de manera gradual hasta la suspensión completa. Sin embargo, para algunas personas, una benzodiazepina es el único tratamiento eficaz a largo plazo.

El tratamiento farmacológico puede evitar o reducir en gran medida el número de crisis de angustia. Sin embargo, sin psicoterapia, es posible que los fármacos no ayuden a la persona afectada a preocuparse menos acerca de posibles futuras crisis y deje de evitar las situaciones que le pueden provocar las crisis.

A veces es necesario mantener el tratamiento durante un tiempo prolongado, ya que es frecuente que este tipo de crisis reaparezcan una vez se suspende la medicación.

Psicoterapia

Existen diferentes formas eficaces de psicoterapia.

La terapia de exposición consiste en exponer a la persona afectada poco a poco y en varias ocasiones (en su imaginación y/o en la realidad) a la situación que desencadena una crisis de angustia. La terapia de exposición se repite hasta que la persona logra sentirse cómoda en la situación que antes le provocaba ansiedad. Para aumentar la probabilidad de una exposición cómoda, a las personas afectadas a menudo se les enseñan técnicas de relajación para usarlas antes de enfrentarse a la situación que les provoca ansiedad. Por ejemplo, respirar de forma lenta y constante es una forma segura de reducir la ansiedad que puede conducir a una crisis de angustia.

En la terapia de exposición, se expone repetidamente a la persona a la situación o al objeto temidos, ya sea de manera real o imaginaria. Al hacerlo, la persona experimenta ansiedad una y otra vez, hasta que finalmente el estímulo temido pierde su efecto. Este proceso se denomina habituación.

Normalmente, los médicos empiezan con el nivel más bajo de exposición que la persona puede tolerar con facilidad. Por ejemplo, se le puede pedir que mire el objeto temido desde una cierta distancia. A continuación, los médicos dan instrucciones a la persona para que se tranquilice pensando que es improbable que el objeto distante pueda causarle ningún daño. Si su frecuencia cardíaca se dispara o le falta el aire, se le pide que reaccione con respiraciones lentas y profundas, o bien que practique otros ejercicios de relajación (como imaginarse mentalmente una escena tranquilizadora).

Cuando la persona se siente cómoda en un nivel de exposición, se la expone gradualmente a un contacto más cercano con la situación u objeto, pero solo hasta el punto en que los síntomas empiecen a resultar desagradables. Luego, se le pide de nuevo que se tranquilice pensando en que es muy improbable que sufra ningún daño y que repita los ejercicios de relajación. De este modo, se expone a la persona a un contacto cada vez más cercano con la situación u objeto, hasta que consigue tolerar una interacción normal con ellos.

A veces solo son necesarias unas pocas sesiones de exposición.

La exposición graduada y la técnica de inmersión son dos variantes de la terapia de exposición.

  • La técnica de inmersión consiste en la exposición al estímulo causante de ansiedad durante 1 o 2 horas. Esta técnica tiende a ser desagradable y, a menudo, no es bien tolerada.

  • En la exposición graduada, la persona afectada tiene un mayor grado de control sobre la duración y frecuencia de las exposiciones.

También puede ser útil la terapia cognitivo-conductual. Las personas afectadas deben aprender a:

  • No evitar las situaciones que provocan crisis de angustia

  • Reconocer cuándo sus temores son infundados

  • Responder con una respiración lenta y controlada o con otras técnicas que favorezcan la relajación

La psicoterapia de apoyo, que incluye educación y asesoramiento, resulta beneficiosa debido a que el psicoterapeuta proporciona información general acerca del trastorno y su tratamiento, además de expectativas realistas de mejoría y apoyo basado en una relación de confianza.

Más información

  • National Institute of Mental Health, Panic Disorders: (Instituto nacional de salud mental, Trastornos de angustia): Información general sobre muchos aspectos de los trastornos de angustia, incluyendo teléfonos de ayuda (líneas de crisis) y programas educativos

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