El ejercicio se reconoce cada vez más como una intervención poderosa, no solo para mejorar el rendimiento, sino como una herramienta fundamental para la prevención de enfermedades y la rehabilitación. A diferencia de los medicamentos, que actúan sobre mecanismos fisiológicos específicos, el ejercicio beneficia a casi todos los sistemas orgánicos, convirtiéndolo en un pilar de la atención médica moderna. Los programas de ejercicio individualizados pueden optimizar los resultados de salud en diversas poblaciones, desde aquellas con enfermedades crónicas hasta individuos en rehabilitación.
El ejercicio es cada vez más reconocido como un agente terapéutico poderoso: una herramienta que no solo mejora el rendimiento físico sino que también sirve como una intervención eficaz para una variedad de afecciones crónicas. La prescripción óptima de ejercicio trasciende los regímenes tradicionales de una sola opción para todos al enfatizar la individualización, la sobrecarga progresiva y la seguridad. Ya sea abordando el fortalecimiento muscular, el acondicionamiento cardiovascular o la prevención de caídas en adultos mayores, los principios básicos de la ciencia del ejercicio siguen siendo los mismos: un estímulo adecuado seguido de una recuperación suficiente permite que los tejidos se adapten, mejorando así la función y reduciendo el riesgo de lesiones.
Las estrategias para la prescripción de ejercicio están evolucionando e integran tecnología y monitorización objetiva. También existen programas de ejercicio específicos que pueden utilizarse para diversas poblaciones de pacientes, incluyendo individuos con dolor crónico, enfermedad cardiovascular, diabetes y desafíos de control de peso. Otros programas pueden beneficiar a adultos mayores con riesgo de caídas, aquellos con osteoporosis, pacientes en recuperación de una conmoción cerebral, pacientes con enfermedad pulmonar y afecciones neurodegenerativas, y pacientes embarazadas.
Adaptaciones fisiológicas al ejercicio
El ejercicio induce cambios profundos a nivel celular, tisular y sistémico, fomentando mejoras a largo plazo en fuerza, resistencia, metabolismo y resiliencia. Estas adaptaciones dependen de la interacción entre el estímulo mecánico de la actividad y la capacidad del cuerpo para recuperarse y remodelarse. El ejercicio induce una variedad de cambios a nivel celular, tisular y sistémico. La adaptación resulta de la interacción entre el estímulo mecánico proporcionado por la actividad física y la capacidad del cuerpo para repararse y remodelarse.
Adaptaciones a nivel tisular
El ejercicio induce adaptaciones a nivel tisular en múltiples sistemas orgánicos, incluyendo:
Músculo esquelético: el entrenamiento de fuerza regular (p. ej., al menos dos veces por semana) conduce a hipertrofia muscular (1), aumento de la densidad miofibrilar y mejora de la coordinación neuromuscular. Dichas adaptaciones mejoran la fuerza muscular y apoyan la función metabólica, reduciendo así el riesgo de sarcopenia con el envejecimiento (2).
Sistema cardiovascular: el ejercicio aeróbico mejora el gasto cardíaco, el volumen sistólico y la capilarización en los músculos esqueléticos, optimizando así el suministro y la utilización de oxígeno (3).
Cambios metabólicos: el ejercicio mejora la sensibilidad a la insulina, potencia el metabolismo lipídico y promueve la biogénesis mitocondrial, aspectos vitales para la salud a largo plazo y la prevención de enfermedades crónicas (4).
Mejoras neuromusculares y propioceptivas: la actividad física constante fortalece las vías neuronales que rigen el equilibrio y la coordinación, reduciendo así el riesgo de caídas y lesiones, especialmente en adultos mayores (5).
Recuperación y adaptación
Los beneficios del ejercicio ocurren no solo durante la actividad, sino también en la fase de recuperación, cuando ocurren la remodelación tisular y la reposición de sustratos metabólicos (p. ej., hidratos de carbono y proteínas) (6). Las estrategias de recuperación adecuadas, que incluyen sueño, nutrición, hidratación y descanso, son esenciales para optimizar la adaptación y minimizar el riesgo de sobreentrenamiento o lesiones.
Principios fundamentales
Los principios clave que respaldan la adaptación al ejercicio incluyen:
Sobrecarga: El estímulo del ejercicio debe superar los niveles normales para provocar adaptación.
Progresión: son necesarios aumentos graduales en intensidad, duración y frecuencia a medida que ocurre la adaptación.
Especificidad: las adaptaciones son específicas del tipo de ejercicio realizado.
Individualización: los programas de ejercicio deben adaptarse al nivel de condición física, objetivos y factores de riesgo de la persona.
Principios generales de la prescripción de ejercicio
Diseñar un programa de ejercicio efectivo requiere un enfoque estructurado que equilibre intensidad, volumen, frecuencia y progresión. Los programas deben ser desafiantes pero seguros, adaptados al estado de salud del individuo y ajustables a las necesidades cambiantes.
Las prescripciones de ejercicio pueden considerarse análogas a las prescripciones de medicamentos y deben incluir el tipo de ejercicio (p. ej., caminar, nadar), la intensidad (p. ej., moderada), la duración (p. ej., 30 minutos) y la frecuencia (p. ej., tres o más días por semana). El objetivo es crear un programa que sea desafiante pero seguro y sostenible.
Individualización
No hay dos pacientes iguales. La edad, la condición física basal, las comorbilidades, la preparación psicológica y los objetivos personales determinan la prescripción. Las recomendaciones fijas (p. ej., “30 minutos de actividad moderada 5 días a la semana”) no son apropiadas para todos los pacientes, y los planes deben individualizarse según objetivos específicos y reforzarse con los avances en la tecnología portátil, que permiten la monitorización en tiempo real de métricas como la frecuencia cardíaca y los niveles de actividad.
Dosis-respuesta y sobrecarga progresiva
La relación entre la dosis de ejercicio y la adaptación no es lineal. Las mejoras iniciales pueden ser notables, pero aumentos adicionales en volumen o intensidad eventualmente producen rendimientos decrecientes y pueden elevar el riesgo de lesiones. El principio de sobrecarga progresiva requiere una calibración cuidadosa para desafiar continuamente al cuerpo mientras se permite una recuperación suficiente.
Monitoreo y seguridad
El control objetivo mediante evaluaciones periódicas del rendimiento o dispositivos ponibles es fundamental para mantener un programa de ejercicio seguro y eficaz. Las evaluaciones regulares ayudan a detectar signos tempranos de sobreentrenamiento (p. ej., fatiga persistente, dolor articular) y permiten modificaciones oportunas de los programas de ejercicio. Los dispositivos portátiles (p. ej., relojes inteligentes, rastreadores de actividad física) también pueden usarse para medir el rendimiento (p. ej., frecuencia cardíaca, duración de la actividad).
Recuperación
La recuperación es parte integral del proceso del ejercicio. Abarca períodos de descanso, optimización nutricional, calidad del sueño y semanas periódicas de 'descarga' (es decir, reducción de la intensidad o volumen del entrenamiento) para prevenir el sobreentrenamiento crónico.
Evaluación médica previa al ejercicio y seguridad
Antes de iniciar cualquier régimen de ejercicio, una evaluación integral debe incluir una valoración exhaustiva del riesgo cardiovascular, la salud musculoesquelética, las condiciones metabólicas y la función neurológica para evaluar la condición física basal e identificar contraindicaciones. Esta evaluación garantiza la seguridad y guía las modificaciones según las necesidades individuales.
Evaluación integral
Una anamnesis y un examen físico exhaustivos deben centrarse en (7):
Riesgo cardiovascular: detección de enfermedad arterial coronaria, hipertensión, arritmias e infartos de miocardio previos.
Limitaciones musculoesqueléticas: evaluación de la función articular, lesiones previas y dolor que pueda impedir el ejercicio.
Trastornos metabólicos y endocrinos: evaluación de afecciones como diabetes, enfermedad renal o disfunción tiroidea.
Deterioros neurológicos o cognitivos: identificación de riesgos de caídas o dificultades para seguir instrucciones de ejercicio.
Para pacientes con múltiples factores de riesgo (p. ej., enfermedad cardiovascular) o aquellos que planean ejercicio vigoroso, puede estar indicada una prueba de esfuerzo; sin embargo, para muchos que inician programas de intensidad baja a moderada, la anamnesis y el examen físico son suficientes (7).
Se debe instruir a los pacientes para que suspendan el ejercicio si presentan signos de alarma (p. ej., dolor en el pecho, mareos, disnea) durante el ejercicio y busquen atención médica. La incorporación de herramientas de monitorización en tiempo real puede ayudar a detectar signos tempranos de eventos adversos durante el ejercicio.
Contraindicaciones y precauciones
Las contraindicaciones absolutas incluyen:
Infarto agudo de miocardio o angina inestable
Insuficiencia cardíaca descompensada o arritmias graves
Endocarditis o miocarditis activas
Embolia pulmonar aguda o trombosis venosa profunda
Afecciones que impiden el ejercicio seguro (discapacidades musculoesqueléticas o neurológicas graves)
Las contraindicaciones relativas podrían incluir:
Enfermedad coronaria controlada pero significativa
Valvulopatía moderada
Ciertas arritmias controladas
Presión arterial elevada pero controlada
Los pacientes con contraindicaciones relativas pueden a menudo participar en programas modificados bajo supervisión estrecha.
Componentes de un programa de ejercicio integral
Un programa de ejercicio completo generalmente incluye entrenamiento aeróbico, entrenamiento de resistencia (fuerza), flexibilidad y estiramientos, y entrenamiento del equilibrio o propiocepción.
Ejercicio aeróbico
El entrenamiento aeróbico constituye la base del acondicionamiento cardiovascular. Consiste en movimientos rítmicos y continuos de grandes grupos musculares para aumentar la frecuencia cardíaca y mantener una tasa metabólica elevada. Mejora el gasto cardíaco, el volumen sistólico y la densidad capilar, lo que conduce a un mejor aporte de oxígeno, un mejor rendimiento durante el ejercicio y una reducción del riesgo cardiovascular.
Duración y frecuencia: se recomienda un mínimo de 150 minutos de ejercicio de intensidad moderada o 75 minutos de ejercicio de intensidad vigorosa por semana, con sesiones de al menos 10 a 15 minutos (8).
Intensidad: muchos comienzan al 50-60% de la frecuencia cardíaca máxima prevista para la edad (FCmáx), con aumentos graduales según la tolerancia. Los dispositivos ponibles facilitan una monitorización precisa.
Variedad: las actividades de estado estable como caminar y andar en bicicleta siguen siendo efectivas, mientras que el entrenamiento por intervalos de alta intensidad (HIIT) ofrece una alternativa eficiente en tiempo para aquellos con condición física suficiente. Un ejemplo de entrenamiento de alta intensidad es realizar intervalos de ciclismo de 60 segundos 10 veces a aproximadamente el 90% de la frecuencia cardíaca máxima con intervalos de recuperación intermedios.
Entrenamiento contra resistencia (fuerza)
El entrenamiento de resistencia implica movimientos de ejercicio contra resistencia para mejorar la fuerza y la resistencia de los músculos ejercitados. Es clave para desarrollar fuerza muscular, resistencia e hipertrofia, aspectos cruciales para la función diaria y la salud metabólica. No solo aumenta la fuerza muscular, sino que también mejora la densidad ósea, la estabilidad articular e incluso la función cardiovascular cuando se estructura en formato de circuito.
Intensidad: tradicionalmente, entrenar al 70-85% de una repetición máxima (1RM) estimula un aumento de la fuerza (9). Evidencias más recientes sugieren que cargas más bajas llevadas cerca de la fatiga también pueden ser eficaces.
Volumen y frecuencia: generalmente implica múltiples series (1 a 5 por ejercicio) y 6 a 12 repeticiones por serie, ajustadas según el objetivo específico.
Progresión: la sobrecarga progresiva —mediante aumento de peso, repeticiones o complejidad— es esencial para la adaptación continua. Por ejemplo, si un paciente está usando una carga de 22,7 kg. realizar 3 series de 6 a 12 repeticiones de un ejercicio específico; una vez que pueda realizar 12 repeticiones en las 3 series, el peso debe aumentarse en un 10 % para el siguiente entrenamiento. Siempre que el paciente aún pueda realizar 6 repeticiones en las 3 series, el peso se incrementó adecuadamente.
Técnica y seguridad: el énfasis en la forma adecuada, el movimiento controlado y la recuperación suficiente (p. ej., descansar el grupo muscular entrenado al menos 48 horas) es primordial para prevenir lesiones.
Flexibilidad y estiramiento
El entrenamiento de flexibilidad mantiene o mejora el rango de movimiento en articulaciones y músculos.
Calentamiento dinámico: antes del ejercicio vigoroso, se recomiendan movimientos dinámicos (p. ej., balanceos de piernas, círculos con los brazos) para preparar el cuerpo.
Estiramiento estático: realizado después del ejercicio, el estiramiento estático (p. ej., mantener estiramientos de 10 a 30 segundos) puede mejorar la flexibilidad y ayudar a la recuperación.
Individualización: adaptar las rutinas de estiramiento para abordar áreas específicas de tensión o lesiones previas.
Entrenamiento de equilibrio y propiocepción
El entrenamiento del equilibrio es particularmente importante para adultos mayores y aquellos con propiocepción alterada. Un mejor equilibrio reduce el riesgo de caídas y mejora la movilidad funcional, lo cual es especialmente beneficioso en poblaciones mayores (5).
Ejercicios: actividades como la posición sobre una pierna, el tai chi y el uso de tablas de equilibrio mejoran la estabilidad.
Integración: muchos ejercicios de resistencia que se centran en la estabilidad central del cuerpo también mejoran el equilibrio.
Progresión: reducir gradualmente la base de apoyo o introducir superficies inestables a medida que mejora el equilibrio.
Hidratación, recuperación e integración tecnológica
Mantener el equilibrio de líquidos es crucial para el rendimiento y la seguridad. Sin embargo, tanto la deshidratación como la sobrehidratación (hiponatremia) pueden tener consecuencias graves.
Hidratación
Una hidratación adecuada es esencial para optimizar el rendimiento del ejercicio, prevenir la fatiga y mantener el equilibrio electrolítico. Las necesidades de líquidos varían según factores como la intensidad del ejercicio, la duración, las condiciones ambientales y las tasas de sudoración individuales.
Antes del ejercicio: comience el ejercicio bien hidratado consumiendo de 500 a 600 mL de agua 2 a 3 horas antes de la actividad y 200 a 300 mL adicionales 20 a 30 minutos antes de comenzar (10).
Durante el ejercicio: consuma de 200 a 300 mL de líquido cada 10 a 20 minutos, ajustando la ingesta según la pérdida de sudor, la temperatura y el nivel de esfuerzo.
Después del ejercicio: rehidrátese consumiendo 1,5 L de líquido por kg de peso corporal perdido durante el ejercicio para restaurar el equilibrio de líquidos. Las bebidas que contienen electrolitos pueden ser beneficiosas después del ejercicio prolongado o intenso. Para una absorción óptima de líquidos, las bebidas deportivas no deben contener más del 8% de hidratos de carbono (11).
Si bien la deshidratación genera preocupación, la sobrehidratación (ingesta excesiva de agua sin reposición adecuada de sodio) puede provocar hiponatremia asociada al ejercicio (HAE), una afección potencialmente mortal caracterizada por niveles bajos de sodio (< 135 mEq/L) en sangre (12).
Las causas de hiponatremia son las siguientes:
Consumir agua sola en exceso sin reemplazo de electrolitos, especialmente durante eventos de resistencia de larga duración.
Sudoración prolongada sin una reposición adecuada de sodio.
Influencias hormonales, como la secreción inadecuada de hormona antidiurética (ADH) durante el esfuerzo prolongado.
Los síntomas de la hiponatremia incluyen:
Síntomas tempranos: náuseas, cefalea, confusión, mareos, distensión abdominal y calambres musculares.
Casos graves: convulsiones, dificultad respiratoria, estado mental alterado o incluso coma debido a edema cerebral.
Las estrategias de prevención de la hiponatremia incluyen:
Seguir las señales de la sed en lugar de forzar una hidratación excesiva.
Utilice bebidas deportivas con electrolitos (o tabletas de electrolitos) para el ejercicio prolongado, especialmente en condiciones cálidas y húmedas.
Evitar el consumo de más de 1 L de agua por hora a menos que se guíe por mediciones individuales de pérdida de sudor.
Supervise los cambios en el peso corporal durante el ejercicio: un aumento de peso significativo sugiere una ingesta excesiva de líquidos.
Hiponatremia y sobrehidratación
Si bien la deshidratación genera preocupación durante el ejercicio, la sobrehidratación (ingesta excesiva de agua sin reposición adecuada de sodio) puede provocar hiponatremia asociada al ejercicio, una afección potencialmente mortal caracterizada por niveles bajos de sodio en sangre (13).
Las causas de hiponatremia son las siguientes:
Consumir agua sola en exceso sin reemplazo de electrolitos, especialmente durante eventos de resistencia de larga duración.
Sudoración prolongada sin una reposición adecuada de sodio.
Influencias hormonales, como la secreción inadecuada de hormona antidiurética (ADH) durante el esfuerzo prolongado.
Los síntomas de la hiponatremia incluyen:
Síntomas tempranos: náuseas, cefalea, confusión, mareos, distensión abdominal y calambres musculares.
Casos graves: convulsiones, dificultad respiratoria, estado mental alterado o incluso coma debido a edema cerebral.
Las estrategias de prevención de la hiponatremia incluyen:
Seguir las señales de la sed en lugar de forzar una hidratación excesiva.
Usar bebidas deportivas con electrolitos (o tabletas de electrolitos) para el ejercicio prolongado, especialmente en condiciones cálidas y húmedas.
Evitar el consumo de más de 1 L de agua por hora a menos que se guíe por mediciones individuales de pérdida de sudor.
Supervisar los cambios en el peso corporal durante el ejercicio: un aumento de peso significativo sugiere una ingesta excesiva de líquidos.
Recuperación
La recuperación es esencial para la reparación de tejidos, la restauración metabólica y la adaptación neuromuscular. Un plan de recuperación estructurado debe abordar la nutrición, el sueño y las técnicas de recuperación activa. La periodización durante la recuperación para el ejercicio se refiere a la planificación sistemática de las variables de entrenamiento (intensidad, volumen, frecuencia) en fases secuenciales para optimizar las adaptaciones de rendimiento y la recuperación mientras se minimiza el riesgo de sobreentrenamiento (14).
Recuperación activa: el ejercicio aeróbico ligero (p. ej., caminar o andar en bicicleta) mejora la circulación y la eliminación de desechos metabólicos (15).
Nutrición: un aporte adecuado de proteínas (1,2 a 2,0 g/kg/día) y de carbohidratos (3 a 7 g/kg/día) favorece la reparación muscular y la reposición de glucógeno. Después del ejercicio, busque una proporción de hidratos de carbono a proteínas de 3:1 dentro de los 30 a 60 minutos.
Optimización del sueño: el sueño de calidad es fundamental para la recuperación muscular, la función inmunitaria y la regulación hormonal. Los atletas deben aspirar a dormir de 7 a 9 horas por noche, e incorporar siestas si es necesario.
Periodización y descarga: semanas de descarga programadas (reduciendo intensidad o volumen) para prevenir el sobreentrenamiento y permitir una adaptación óptima.
Integración tecnológica en el ejercicio y la recuperación
El uso de tecnología portátil y monitorización digital se utiliza a veces para ayudar en la prescripción de ejercicio y las estrategias de recuperación. Algunos ejemplos incluyen:
Dispositivos portátiles: los relojes inteligentes y los rastreadores de actividad física monitorizan la frecuencia cardíaca, la variabilidad de la frecuencia cardíaca, la saturación de oxígeno y el estado de hidratación, proporcionando retroalimentación en tiempo real para ajustar la intensidad del entrenamiento.
Parches de análisis de sudor: los biosensores emergentes analizan la pérdida de electrolitos en el sudor, guiando las estrategias de hidratación y reposición de electrolitos.
Telemedicina y monitorización remota: el entrenamiento virtual y el intercambio de datos en tiempo real con proveedores de atención médica mejoran el cumplimiento y la seguridad durante el ejercicio, especialmente para poblaciones de alto riesgo.
Entrenamiento con inteligencia artificial (IA): las plataformas impulsadas por IA analizan los datos de entrenamiento para optimizar los horarios de recuperación, las necesidades de hidratación y las métricas de rendimiento.
Estrategias de ejercicio y prescripción para poblaciones específicas
Más allá de las recomendaciones generales, las poblaciones específicas requieren estrategias de ejercicio adaptadas para optimizar la seguridad y la eficacia. A continuación se describen los principios generales sobre las estrategias y prescripciones de ejercicio para las siguientes poblaciones:
dolor crónico
Enfermedades cardiovasculares
Enfermedades pulmonares
Afecciones neurodegenerativas
Diabetes/síndrome metabólico
Enfermedad renal crónica
Cáncer
Accidente cerebrovascular
Afecciones autoinmunitarias/reumatológicas
Pacientes embarazadas
Estrategias de ejercicio para el dolor crónico
El dolor crónico secundario a diversos trastornos (p. ej., fibromialgia, artrosis, dolor lumbar) a menudo crea una barrera para la actividad física. Sin embargo, un programa de ejercicio bien estructurado puede reducir la sensibilidad al dolor, mejorar la movilidad y la calidad de vida.
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con dolor crónico incluyen (16):
Entrenamiento aeróbico: las actividades de bajo impacto (p. ej., caminar, nadar, andar en bicicleta) liberan endorfinas, reducen la sensibilidad al dolor y mejoran el estado de ánimo.
Entrenamiento de fuerza: fortalecer la estabilidad central y los grupos musculares circundantes brinda soporte a las articulaciones y ayuda a aliviar el dolor.
Flexibilidad y estiramiento: los estiramientos suaves y los ejercicios de movilidad reducen la rigidez y mejoran la amplitud de movimiento.
Enfoques mente-cuerpo: el yoga, el tai chi y la meditación modulan la percepción del dolor y mejoran la conciencia corporal.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con dolor crónico incluyen las siguientes (16):
El ejercicio no debe exacerbar el dolor; lo mejor es un enfoque de exposición gradual.
Los pacientes con dolor neuropático o artritis inflamatoria pueden necesitar un entrenamiento de resistencia modificado para evitar la tensión articular.
Los programas supervisados mejoran el cumplimiento y ayudan a abordar las conductas de evitación por miedo.
Prescripción de ejercicio para la enfermedad cardiovascular
El ejercicio es un pilar de la rehabilitación cardíaca, ya que mejora la función vascular, el gasto cardíaco y la modificación de factores de riesgo en pacientes con enfermedad arterial coronaria, insuficiencia cardíaca y tras eventos cardíacos.
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con enfermedad cardiovascular incluyen (17):
Entrenamiento aeróbico: caminar, andar en bicicleta o nadar a intensidad moderada mejora el volumen sistólico y la eficiencia cardíaca.
Entrenamiento de resistencia: los ejercicios de resistencia de intensidad baja a moderada mejoran la resistencia muscular y previenen el desacondicionamiento.
Entrenamiento de flexibilidad y neuromuscular: los ejercicios que mejoran la postura y reducen la rigidez articular favorecen la función general.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con enfermedad cardiovascular incluyen (18):
La intensidad del ejercicio debe monitorizarse con una frecuencia cardíaca objetivo de alrededor del 50 al 60% de la frecuencia cardíaca máxima (FCmáx), progresando de forma gradual.
La rehabilitación cardíaca supervisada es esencial para los pacientes de alto riesgo.
Los betabloqueantes atenúan la respuesta de la frecuencia cardíaca, por lo que la monitorización de la tasa de esfuerzo percibido (TEP) puede ser más fiable.
Estrategias de ejercicio y prescripción para enfermedades pulmonares
Los pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), enfermedad pulmonar intersticial y asma se benefician de una rehabilitación pulmonar estructurada, que mejora la eficiencia ventilatoria, reduce la disnea y mejora el estado físico general.
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con enfermedad pulmonar incluyen (19):
Entrenamiento aeróbico: caminar o andar en bicicleta de baja intensidad mejora la resistencia. El entrenamiento por intervalos puede preferirse para minimizar la disnea.
Entrenamiento de resistencia: los ejercicios de resistencia de intensidad baja a moderada previenen la atrofia muscular y favorecen el movimiento funcional.
Técnicas de respiración: la respiración diafragmática y la respiración con los labios fruncidos optimizan la función pulmonar.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con enfermedad pulmonar incluyen (19):
Monitorizar la saturación de oxígeno (SpO₂) durante el ejercicio; los pacientes con enfermedad grave pueden necesitar oxígeno suplementario.
Evitar la actividad anaeróbica de alta intensidad, que puede desencadenar broncoespasmo inducido por el ejercicio.
Ofrecer planes de entrenamiento supervisados e individualizados para pacientes de alto riesgo.
Estrategias de ejercicio y prescripción para trastornos neurodegenerativos
Los pacientes con enfermedad de Alzheimer, enfermedad de Parkinson y otras afecciones neurodegenerativas pueden beneficiarse con programas de ejercicio multimodal que se centren en el equilibrio, la coordinación y la función cognitiva (20, 21).
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con trastornos neurodegenerativos incluyen:
Ejercicio aeróbico: caminar, andar en bicicleta y nadar a intensidad moderada mejoran la condición cardiovascular.
Entrenamiento de fuerza: fortalecer los miembros inferiores y la estabilidad central mejora la movilidad y el equilibrio.
Entrenamiento de equilibrio y doble tarea (cognitiva y motora simultánea): el tai chi, el yoga y los ejercicios cognitivo-motores reducen el riesgo de caídas y mejoran la propiocepción.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con trastornos neurodegenerativos incluyen:
Los pacientes con neurodegeneración avanzada pueden requerir sesiones supervisadas.
Las anomalías de la marcha en la enfermedad de Parkinson se benefician con señales rítmicas durante los ejercicios de caminata (20).
El deterioro cognitivo puede afectar el cumplimiento; las clases grupales y los entornos estructurados pueden mejorar la participación.
Prescripción de ejercicio para diabetes y síndrome metabólico
El ejercicio regular mejora la sensibilidad a la insulina, reduce la glucosa en sangre y disminuye los riesgos cardiovasculares en pacientes con diabetes y síndrome metabólico (4).
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con diabetes o síndrome metabólico incluyen:
Entrenamiento aeróbico: caminar, andar en bicicleta o nadar a intensidad moderada con un objetivo de al menos 150 minutos por semana (4).
Entrenamiento contra resistencia: el entrenamiento de fuerza mejora la captación de glucosa muscular; objetivo: de 2 a 3 días por semana.
Entrenamiento por intervalos de alta intensidad (HIIT): las ráfagas cortas de ejercicio intenso pueden mejorar la función mitocondrial y la sensibilidad a la insulina (22).
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con diabetes o síndrome metabólico incluyen:
Vigilar la aparición de hipoglucemia, especialmente en pacientes que reciben insulina o sulfonilureas.
Deben controlarse los niveles de glucosa en sangre antes, durante y después del ejercicio
Los pacientes pueden necesitar ajustar la dosis de insulina antes, durante y después del ejercicio según los niveles de glucosa (4)
Prescripción de ejercicio para pacientes con enfermedad renal crónica (ERC) y en diálisis
Los pacientes con enfermedad renal crónica (ERC) y aquellos en diálisis tienen riesgo de desgaste muscular, disfunción cardiovascular y fragilidad. El ejercicio de al menos 150 minutos por semana puede mejorar las medidas de calidad de vida funcional (23).
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con ERC o pacientes en diálisis incluyen:
Entrenamiento aeróbico: la bicicleta estática o la caminata de baja a moderada intensidad mejora la resistencia y la regulación de la tensión arterial.
Entrenamiento con resistencias: el entrenamiento de fuerza de baja intensidad mantiene la masa muscular y previene la fragilidad.
Trabajo de equilibrio y movilidad: el entrenamiento de la marcha y los ejercicios de propiocepción ayudan a reducir el riesgo de caídas.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con ERC o pacientes en diálisis incluyen:
Evitar el entrenamiento de resistencia excesivamente intenso debido al riesgo de hiperpotasemia.
Monitorizar las fluctuaciones de la tensión arterial antes y después del ejercicio.
Prescripción de ejercicio para pacientes con cáncer
El ejercicio ahora se reconoce como un complemento crítico en el tratamiento del cáncer, al reducir la fatiga, aumentar la fuerza general y mejorar la tolerancia al tratamiento (24).
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con cáncer incluyen:
Entrenamiento aeróbico: caminar o andar en bicicleta puede reducir la fatiga relacionada con el cáncer.
Entrenamiento de fuerza: el entrenamiento de fuerza de baja a moderada intensidad previene la atrofia muscular y la pérdida ósea.
Entrenamiento de equilibrio y movilidad: el yoga y el tai chi mejoran la postura y reducen el estrés.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con cáncer incluyen:
Ajustar la intensidad en pacientes con neuropatía inducida por quimioterapia o metástasis óseas.
Monitorizar los niveles de fatiga: algunos días pueden requerir recuperación activa en lugar de entrenamientos estructurados.
Prescripción de ejercicio para el accidente cerebrovascular y la rehabilitación posterior al accidente cerebrovascular
Los programas de ejercicio estructurados mejoran la recuperación motora, la función cognitiva y la movilidad general en los sobrevivientes de un accidente cerebrovascular (25).
Los componentes clave de un programa de ejercicio para la rehabilitación posterior al accidente cerebrovascular incluyen:
Ejercicio aeróbico: la caminata o el ciclismo de bajo impacto mejora la condición cardiovascular y la resistencia.
Entrenamiento de resistencia: fortalecer el lado afectado mejora la simetría y la movilidad.
Entrenamiento de la marcha y el equilibrio: el entrenamiento de doble tarea (cognitiva y motora simultáneas) y los ejercicios de coordinación neuromuscular mejoran el movimiento funcional y previenen las caídas.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio de rehabilitación posterior al accidente cerebrovascular incluyen:
Controle la presión arterial para prevenir la hipertensión inducida por el ejercicio.
Los pacientes con espasticidad o déficits motores pueden requerir entrenamiento de movimiento asistido.
Prescripción de ejercicio para enfermedades autoinmunes y reumatológicas
Los pacientes con enfermedades autoinmunes como artritis reumatoide (AR), lupus eritematoso sistémico (LES) y esclerosis múltiple (EM) pueden beneficiarse con programas de ejercicio que mantengan la función física y favorezcan la movilidad. Por ejemplo, parecen observarse pequeñas mejoras en las puntuaciones de actividad de la enfermedad en la AR (26).
Los componentes clave de un programa de ejercicio para un paciente con enfermedades autoinmunitarias y reumatológicas incluyen:
Ejercicio aeróbico: la natación o el ciclismo mejoran la resistencia con menor estrés articular.
Entrenamiento de resistencia: el entrenamiento de fuerza de intensidad baja a moderada preserva la integridad articular.
Flexibilidad y movilidad: yoga, pilates y estiramientos reducen la rigidez y mejoran la postura.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para un paciente con enfermedades autoinmunes y reumatológicas incluyen:
Modificar la intensidad del ejercicio durante las crisis autoinmunes.
Los pacientes con EM deben evitar el sobrecalentamiento, ya que empeora la fatiga y la coordinación.
Prescripción de ejercicio durante el embarazo
El ejercicio durante el embarazo proporciona numerosos beneficios, incluyendo una mejor función cardiovascular, reducción de las molestias relacionadas con el embarazo, mejora del estado de ánimo y una recuperación posparto más fácil (27). Sin embargo, son necesarios ajustes para adaptarse a los cambios fisiológicos y garantizar la seguridad. Un enfoque estructurado permite que las personas embarazadas se mantengan activas de forma segura a la vez que favorece el desarrollo fetal, el bienestar materno y la recuperación posparto.
Los componentes clave de un programa de ejercicio para una persona embarazada incluyen:
Ejercicio aeróbico: las actividades de bajo impacto como caminar, nadar y andar en bicicleta estática mejoran la salud cardiovascular y la resistencia mientras minimizan la tensión articular.
Entrenamiento de resistencia: el entrenamiento de fuerza de intensidad baja a moderada mantiene el tono muscular, la postura y la estabilidad central mientras reduce el dolor de espalda.
Flexibilidad y movilidad: yoga prenatal, estiramientos y ejercicios para el piso de la pelvis (Kegel) favorecen la flexibilidad articular, el equilibrio y la preparación para el trabajo de parto.
Algunas consideraciones para un programa de ejercicio para una persona embarazada incluyen:
Evitar ejercicios que aumenten la presión abdominal, como flexión completa de los músculos abdominales o flexiones o extensiones profundas de la columna vertebral hacia atrás.
Evitar acostarse boca arriba después del primer trimestre, ya que puede restringir el flujo sanguíneo.
Modificar la intensidad del ejercicio a medida que avanza el embarazo: centrarse en la comodidad, la estabilidad y el control de la respiración.
Detenga el ejercicio inmediatamente si experimenta mareos, sangrado vaginal, contracciones o disminución del movimiento fetal.
Recuperación posparto: el retorno gradual al ejercicio debe priorizar la rehabilitación del piso de la pelvis y la zona central antes de reanudar actividades de mayor impacto.
Enfoques integradores y direcciones futuras
La integración del ejercicio en la práctica clínica requiere la colaboración entre médicos, fisiólogos del ejercicio, fisioterapeutas, nutricionistas y especialistas en conducta. Este modelo asegura que el ejercicio se prescriba como un elemento central de la atención preventiva y el manejo de enfermedades crónicas.
Los avances en dispositivos portátiles, telemedicina y análisis de datos están impulsando la prescripción de ejercicio:
Dispositivos portátiles: proporcionan datos en tiempo real sobre la frecuencia cardíaca, el consumo de oxígeno y los patrones de actividad.
Telemedicina: facilita la supervisión a distancia, en especial en los pacientes con problemas de movilidad.
Personalización basada en datos: la integración de datos objetivos ayuda a adaptar los programas a la fisiología y el comportamiento individuales.
Se necesita una investigación continua para dilucidar los mecanismos moleculares de la adaptación al ejercicio, evaluar los resultados a largo plazo de los programas de ejercicio personalizados y refinar los modelos de intervención mediante tecnologías emergentes como la realidad virtual y la inteligencia artificial.
La evolución de la prescripción de ejercicio refleja un cambio más amplio hacia intervenciones individualizadas y basadas en la evidencia que reconocen las necesidades únicas de cada paciente. Ya sea que el objetivo sea manejar el dolor crónico, mejorar la función cardiovascular, apoyar la pérdida de peso, prevenir caídas, combatir la osteoporosis, facilitar la recuperación posterior a una conmoción cerebral, mejorar la función pulmonar o mejorar los resultados motores y cognitivos en afecciones neurodegenerativas, los principios fundamentales siguen siendo los mismos: un estímulo cuidadoso equilibrado consistente en ejercicio combinado con una recuperación adecuada produce beneficios profundos.
Al integrar evidencia emergente y tecnología en evolución, y mantener un enfoque centrado en el paciente, los médicos pueden ayudar a los pacientes a mejorar la función física y la calidad de vida.
Referencias
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2. Cruz-Jentoft AJ, Landi F, Schneider SM, et al. Prevalence of and interventions for sarcopenia in ageing adults: a systematic review. Report of the International Sarcopenia Initiative (EWGSOP and IWGS). Age Ageing. 2014;43(6):748-759. doi:10.1093/ageing/afu115
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